Los días siguientes fueron una prueba silenciosa. Sofía se convirtió en su sombra: aprendió términos médicos, rutinas, horarios. Y, poco a poco, también descubrió algo más.
La familia de Ricardo no era tan ejemplar como ella había creído.
Un primo apareció un día en el hospital con una sonrisa falsa y palabras ensayadas.
—Sofía, ¿verdad? —dijo—. Soy Julián. Quería hablar contigo… a solas.
Ella aceptó, inquieta.
—Mira —empezó él—, la situación de Ricardo es complicada. Muy costosa. Nosotros creemos que lo mejor sería vender la casa familiar.
Sofía frunció el ceño.
—Esa casa es donde vive Elena.
—Exacto —sonrió Julián—. Y como esposa, tú tienes voz legal. Solo necesitamos tu firma.
Algo no cuadraba.
—¿Y Ricardo? —preguntó—. ¿Está de acuerdo?
—Él no está en condiciones de decidir ahora —respondió con rapidez—. Además, es lo más lógico.
Sofía pidió ver los documentos.
Esa noche, revisó cada hoja con atención.
Y descubrió la verdad.
La venta no era para cubrir gastos médicos.
Era para repartirse la herencia anticipadamente.
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