Llevaba tres años casada y mi esposo dormía todas las noches en el cuarto de mi suegra. Una noche lo seguí a escondidas, y me enteré de una verdad que lamenté profundamente.

Al día siguiente, Sofía enfrentó a la familia en la sala del hospital.

—No voy a firmar nada —dijo con calma—. Y si vuelven a intentar aprovecharse de la enfermedad de mi esposo, hablaré con un abogado.

El silencio fue absoluto.

Elena la miró con ojos llenos de asombro.

—Nunca nadie había hecho eso por nosotros —susurró.

Sofía comprendió entonces que el matrimonio no solo se había puesto a prueba por la mentira, sino por la lealtad.

Semanas después, llegó una noticia inesperada.

—Hay una donante compatible —anunció el médico.

Sofía sintió alivio… hasta que escuchó el nombre.

—La madre del paciente.

—¿Elena? —gritó—. ¡No! ¡Es demasiado mayor!

—Insistió —respondió el médico—. Y médicamente… es posible.

Ricardo lloró al enterarse.

—No puedo aceptar eso —dijo—. No después de todo.

Esa noche, Sofía habló con Elena a solas.

—Usted me dijo una vez que un hombre que ama a su madre es una bendición —recordó—. Pero una madre que entrega su vida por su hijo… también.

—Ya viví lo suficiente —respondió Elena—. Pero él… él aún no.

Sofía tomó una decisión que cambiaría todo.

Pidió hacerse las pruebas.

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