Ryan espetó: —No le hago daño a nadie.
Ella se estremeció.
—¿Cuánto tiempo? —le pregunté.
—Unos meses.
Meses, mientras rezaba por tener un hijo.
—¿Por qué?
—Un error.
—¿Un error? —susurró la mujer—. Prometiste dejarla.
Su tono se endureció al hablarle. Entonces lo vi: el miedo, el condicionamiento.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—Jenna.
—¿Tienes teléfono?
—Se lo llevó.
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