Llevó a su amante a la gala, pero su esposa se robó el espectáculo.

Entonces Elena miró su teléfono como si estuviera leyendo un menú.

Los citó.

Las promesas de Ricardo sobre “deshacerse de Elena”.

La respuesta de Isabela, llamando a Elena “fría” y “calculadora”.

La sala reaccionó en voz baja y atónita; la gente intentaba no parecer emocionada aunque realmente lo estuviera.

Isabel rompió a llorar.

Ricardo dio un paso al frente, desesperado.

“Elena, por favor. No hagas esto.”

Elena se giró, aún serena.

“Ricardo”, dijo amablemente, “¿por qué no subes tú también? Es un momento familiar”.

La presión de trescientas caras observando lo impulsó hacia adelante. Subió los escalones como quien se dirige a un juicio.

Fue entonces cuando Montenegro habló.

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