"Vine a darte las gracias".
Elena parpadeó.
"¿Me estás dando las gracias? Te humillé públicamente".
"Me salvaste", dijo Isabela en voz baja. "En ese momento, pensé que me habías destruido. Pero en los meses siguientes... me di cuenta de que Ricardo no solo te mentía. También me manipulaba".
Isabel admitió que había confundido la emoción con el amor, el secreto con la intimidad, el lujo con el afecto. La terapia la había ayudado. El tiempo la había ayudado.
Y al releer mensajes antiguos, vio cómo Ricardo hablaba de las mujeres: con qué facilidad creía poder controlarlas.
Entonces Isabela volvió a sorprender a Elena.
"También vine con una propuesta de negocio".
Elena escuchó mientras Isabela explicaba el nuevo rumbo de su empresa: marketing digital para la expansión internacional, cifras auditadas, clientes reales, resultados sólidos.
Elena estudió los documentos. El trabajo era real.
"¿Crees que haría negocios contigo después de todo?", preguntó Elena.
Isabela no se inmutó.
“Creo que eres lo suficientemente inteligente como para separar los negocios del pasado. Y creo que tenemos más en común de lo que la gente cree.”
Elena esperó.
Isabel lo dijo sin rodeos:
“Ricardo Molina nos subestimó a ambas. Pensó que solo eras un adorno. Pensó que era fácil de usar. Ambas le demostramos que se equivocaba.”
Por primera vez, Elena rió, genuinamente.
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