“De acuerdo”, dijo Elena. “Lo consideraré, con condiciones: un proyecto piloto primero, contratos rigurosos revisados por abogados independientes y ningún resentimiento oculto entre nosotras.”
Isabel asintió, seria.
“Nunca te odié”, admitió. “Incluso entonces. Te admiraba. Ricardo hablaba constantemente de tu inteligencia. Creo que por eso me eligió, porque me sentía como una versión más joven y menos amenazante de ti.”
Elena lo entendió. Demasiado bien.
Accedieron a intentarlo.
Porque el futuro no tenía por qué construirse desde la amargura.
Podía construirse desde la claridad.
Más tarde, cuando un número desconocido le envió un mensaje a Elena:
"Sé que no merezco perdón, pero siempre fuiste mejor de lo que merecía. Ricardo".
Elena se quedó mirando y luego lo borró.
No hubo respuesta.
No hubo reapertura.
En cambio, abrió un nuevo documento y comenzó a trazar planes para la sociedad.
Porque su historia ya no trataba de venganza.
Trataba de recuperar el poder.
Y de la libertad serena e imparable de una mujer que finalmente dejó de ser la esposa de alguien y se convirtió en ella misma.
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