"Dijiste que estabas cansada de esconderte. Dijiste que querías dejar de vivir una mentira. Dijiste que querías que fuéramos reales".
Tenía razón. Lo había dicho todo: en momentos de pasión, después de discusiones con Elena, después de noches en las que se convencía de que merecía "más".
Pero la realidad tenía un peso con el que no podía coquetear.
Elena no solo era su esposa. Estaba ligada a su estructura empresarial, a su reputación, a su estabilidad. Un divorcio podía ser financieramente desastroso, sobre todo con el respaldo de la familia Silveira, uno de los linajes más tradicionales e influyentes de Madrid.
Ricardo tragó saliva, forzando la confianza en su voz.
"Sí. Te recogeré a las ocho. Ponte el vestido azul de París. Estarás espectacular".
En cuanto terminó la llamada, llegó otro mensaje.
Elena: "Cariño, he cambiado de opinión. Llevo el vestido dorado, el que siempre te ha encantado. Quiero estar perfecta para ti esta noche".
Ricardo se quedó paralizado.
Elena nunca le preguntaba su opinión sobre ropa. Rara vez buscaba su aprobación de ninguna manera.
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