Llevó a su amante a la gala, pero su esposa se robó el espectáculo.

Ricardo entró del brazo de Isabela.

Era impresionante: vestido azul petróleo, cabello recogido en un sofisticado recogido, collar de diamantes que reflejaba la luz. Parecía una promesa que se había hecho a sí mismo.

“Esta es nuestra noche”, susurró. “Relájate”.

Ricardo lo intentó.

Pero la sala se sentía diferente. Rostros familiares lo recibieron con calidez, pero sus miradas se detuvieron demasiado tiempo. Demasiado curiosas. Demasiado agudas.

Y la ausencia de Elena no pasaba desapercibida.

Marta Silveira, prima lejana de Elena y una de las organizadoras, se acercó con una sonrisa que parecía una cuchilla.

“Ricardo. Qué sorpresa… y qué compañía tan encantadora”.

Presentó a Isabela con naturalidad.

De Marta

Su mirada recorrió a Isabela de pies a cabeza.

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