"¿Y Elena? Le encanta este evento. Incluso sugirió el tema de este año."
Ricardo no pestañeó.
"Elena no se encuentra bien. Está resfriada. Insistió en que viniera, ya que somos patrocinadores."
La sonrisa de Marta se mantuvo educada, pero sus ojos decían algo más:
Lo sabemos.
Al alejarse, la confianza de Isabela flaqueó.
"Ella lo sabe", susurró Isabela. "Siento que todos lo saben."
Ricardo forzó una risa.
"Te lo estás imaginando. Ven, a bailar."
Salieron a la pista. Isabela se movió con naturalidad, y durante unos minutos Ricardo se dejó llevar por la ilusión: la música, los aplausos, la emoción de ser visto con la mujer que deseaba.
Entonces vio a Elena.
Estaba de pie cerca de la entrada como una reina que llega tarde a propósito.
No llevaba el Valentino que había mencionado. Llevaba un vestido dorado que Ricardo no reconoció: atrevido, luminoso, de un ajuste perfecto. Su cabello caía en suaves ondas, y en su cabeza reposaba la tiara de diamantes Silveira, una reliquia que no aparecía a menos que la familia quisiera dejar huella.
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