Nunca olvidaré el sonido de las puertas de la iglesia al abrirse.
No porque fuera fuerte. No lo era. Era el crujido suave y apagado de la madera vieja contra sus viejas bisagras: un sonido pulido, casi respetuoso. Pero en esa pequeña iglesia texana, donde los lirios blancos llenaban el aire y la tristeza impregnaba los bancos como una segunda congregación, ese sonido fue como una bofetada.
Porque todos se giraron.
Y Jason Reed entró como si el día le perteneciera.
Traje negro. Corte de pelo impecable. Rostro impecable, con esa expresión solemne que los hombres practican frente al espejo cuando saben que los observan. Caminó por el pasillo con paso despreocupado, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Y de su brazo, aferrándose a él como si tuviera todo el derecho a hacerlo, iba una morena alta con un vestido negro ajustado.
Rachel.
La colega.
El nombre que mi hermana Lily había intentado no pronunciar en voz alta durante meses, como si nombrarla la hiciera real.
Mi madre jadeó tan de repente que lo sentí en los huesos.
"¿Habla en serio?", susurró, apretándome la mano con tanta fuerza que me dolió.
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