El último himno se desvaneció. El pastor ofreció una bendición silenciosa. La gente comenzó a levantarse, la lenta procesión de dolientes avanzando hacia la salida.
Fue entonces cuando el hombre del traje gris dio un paso al frente.
Se acercaba a los sesenta.
Su mirada era serena, con un maletín de cuero en la mano. No vestía como alguien de luto, sino como alguien con una misión específica.
"Disculpe", dijo, y su voz resonó en la silenciosa iglesia. "Me llamo Daniel Hayes. Soy el abogado de Lily Reed".
Jason levantó la cabeza tan bruscamente que pareció casi un acto reflejo.
"¿Ahora?", espetó. "¿Vamos a hacer esto ahora?"
El Sr. Hayes no se inmutó. No titubeó. No se disculpó por interrumpir el duelo.
"Su esposa dejó instrucciones muy específicas", dijo con calma. "Su testamento debe ser abierto y leído hoy, en presencia de su familia".
Hizo una pausa.
"Y en su presencia".
El ambiente se volvió denso. Se podía sentir: el aire en la iglesia pasó de la tristeza a algo más intenso.
El Sr. Hayes abrió lentamente su expediente, como si diera tiempo a la sala para decidir qué quería ser: un funeral o un ajuste de cuentas.
"Hay un pasaje", dijo, "que Lily insistió en que se leyera en voz alta en su funeral".
Rachel apretó con más fuerza el brazo de Jason.
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