No sentí resentimiento.
Sentí paz.
Esa noche, frente al espejo de mi nueva casa en Coyoacán, pensé en la mujer que lloró en el aeropuerto.
Ella creía que perder a su esposo significaba perderlo todo.
No sabía que estaba a punto de ganar algo mucho más importante:
Su autonomía.
Su claridad.
Su fuerza.
No usé los $650,000 para destruir a nadie.
Los usé para reconstruirme.
Si no hubiera abierto esa laptop, tal vez todavía estaría esperando llamadas de un falso Toronto, financiando una mentira a unas colonias de distancia.
Pero lo vi.
Y actué.
Yo no era la mujer abandonada.
Yo era la mujer que decidió no quedarse.
Y por primera vez en muchos años, dormí tranquilo en mi ciudad, bajo el cielo mexicano, sabiendo que todo lo que tenía, cada peso, cada proyecto, cada decisión, era verdaderamente mío.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
