El profesor Méndez miró su suéter roto y señaló el rincón del fondo. Ahí, no quiero distracciones. Santiago caminó entre las risas. Su ropa olía a humo de leña. Sus zapatos tenían agujeros. Durante un año entero, ninguna pregunta fue para él, ninguna mirada. Hasta que llegó el examen nacional. El puntaje más alto del país no salió de los uniformes azules, sino de donde menos se esperaba. Quédate hasta el final, porque esta será la mejor historia que escucharás hoy.
Santiago Herrera tenía 12 años cuando descubrió que el talento no bastaba. vivía en lo alto de las montañas, en un rancho de madera y zinc, donde el viento silvaba entre las grietas y la lluvia repiqueteaba en el techo como mil tambores furiosos. No se quejaba del frío ni del piso de tierra, se quejaba del ruido. Cuando llovía no podía concentrarse en los números. Había desarrollado un sistema. esperaba a que su madre y su hermana durmieran, encendía una vela y escribía en letra diminuta para ahorrar papel.
Cada hoja era un tesoro, cada centímetro de grafito una inversión. Su padre le había enseñado eso antes de morir. Ernesto Herrera trabajaba en la mina de carbón del valle. Era un hombre que veía matemáticas en todo, en la curva del río bajando por la montaña, en el ángulo exacto que necesitaba una viga para sostener un túnel, en la espiral perfecta de las hojas cayendo en otoño. “Mijo, los números no están en los libros”, le decía mientras caminaban por el monte.
están ahí afuera en cómo cae el agua, en cómo crecen los árboles. El que aprende a ver los patrones entiende el mundo. Santiago había heredado esa visión. Donde otros veían una montaña, él veía ecuaciones de pendiente. Donde otros veían lluvia, él veía distribución de probabilidades. Una noche, Ernesto no volvió. El derrumbe en el túnel siete se llevó a 17 hombres. Santiago tenía 9 años. Lo único que le quedó de su padre fue un lápiz amarillo con borrador rosado comprado el día anterior con las últimas monedas del salario.
“La educación es el único camino.” Fueron sus últimas palabras. “Prométeme que nunca vas a dejar de aprender.” Santiago prometió. Tres años después, una carta del Ministerio de Educación llegó a las montañas. De 5,000 aplicaciones, Santiago obtuvo la segunda puntuación más alta para una beca en el colegio nacional Simón Bolívar. La beca cubría solo la matrícula. Su madre vendió el anillo de bodas para un uniforme usado. El suéter vino de un primo lejano. Los zapatos eran dos tallas más grandes, rellenos con papel periódico.
El primer día, Santiago caminó 3 horas y llegó oliendo a humo de leña. El colegio Simón Bolívar era un mundo de pasillos brillantes y padres en carros importados. Cuando Santiago entró, algunas chicas se taparon la nariz. Algunos chicos rieron. El salón 4B estaba en el segundo piso. Cuando llegó, la clase ya había comenzado. El profesor Héctor Méndez escribía ecuaciones en el pizarrón. Tenía 52 años, cabello gris y 20 años formando campeones de olimpiadas. Méndez se volteó cuando Santiago tocó la puerta.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
