“LO AISLÓ POR SU ROPA” — El examen nacional reveló lo que EL PROFESOR nunca imaginó…

Lo que siguió sorprendió a todos. Méndez no gritó, no se defendió, simplemente asintió. Correcto, tu método es válido. Luego añadió algo inesperado y más elegante. Santiago volvió a su asiento. Algo había cambiado en la dinámica del salón. El profesor infalible había admitido que un niño de las montañas había encontrado un camino mejor. Después de clase, Camila Restrepo se acercó. ¿Cómo haces eso? ¿Hacer qué? Ver las cosas que nadie más ve. Santiago pensó en su padre, en los patrones del túnel, en las curvas del río.

No veo cosas diferentes. Solo no dejo de mirar cuando los demás se rinden. ¿Puedes enseñarme? Era la primera vez que alguien le pedía ayuda sin que él la ofreciera primero. ¿Por qué yo? Porque Méndez enseña a seguir reglas. Tú entiendes por qué existen. Santiago pensó en doña Carmen guardándole libros, en su madre explicándole el río, en todas las personas que lo habían ayudado. Mañana, biblioteca municipal, 4 de la tarde. La del pueblo tiene mejores libros. Camila llegó al día siguiente.

Una semana después trajo a Marcos. Un mes después había seis estudiantes del Simón Bolívar estudiando en una biblioteca polvorienta de montaña. Santiago les enseñaba a ver, no a memorizar. Les mostraba como una parábola era la trayectoria de una piedra lanzada, como una exponencial era el crecimiento de bacterias en leche vieja. Como una derivada era la velocidad del viento cambiando segundo a segundo, transformaba símbolos muertos en mundo vivo. Doña Carmen observaba desde su escritorio. ¿Quiénes son estos niños?

Preguntó un día. Compañeros del colegio, ¿por qué vienen aquí en vez de estudiar en sus casas con aire acondicionado? Santiago sonríó. Porque aquí aprenden a ver y eso no se enseña en ningún colegio de ricos. Entre los estudiantes que venían cada semana había uno que nadie sabía, Andrés Villamizar. No venía con los demás, venía después, cuando todos se iban. Se quedaba una hora extra. Hacía preguntas que no se atrevía a hacer frente a otros. Una noche, mientras caminaban hacia la salida, Andrés dijo, “Si mi padre supiera que estudio con el becado rural, ¿qué pasaría?” “No lo sé.

Probablemente me mataría.” “¿Y por qué sigues viniendo?” Andrés miró hacia las montañas oscuras. Porque por primera vez en mi vida entiendo algo de verdad. No solo memorizo para el examen, entiendo. Santiago asintió. Eso es lo único que importa. Y siguieron caminando en silencio. Dos mundos que nunca deberían haberse cruzado, unidos por algo más fuerte que la clase social, la búsqueda de la verdad. A dos meses del examen nacional, el profesor Méndez hizo algo inesperado. Citó a Santiago a su oficina después de clases.

No era la primera vez, pero algo en el tono de la convocatoria era diferente, menos hostil, más incierto. Santiago entró y se sentó sin esperar invitación. había dejado de pedir permiso hace tiempo. Méndez lo miró desde detrás de su escritorio, rodeado de diplomas y trofeos que de pronto parecían más pequeños. He estado observándote, Herrera. Lo sé, profesor. Lo sabes. Siempre me ha observado, antes con desprecio, últimamente con algo diferente. ¿Con qué? No estoy seguro. Tal vez curiosidad, tal vez preocupación.

Preocupación. ¿Por qué? Santiago consideró la respuesta. Por lo que significa si tengo razón. El silencio que siguió fue largo. Méndez se reclinó en su silla, sus ojos fijos en el estudiante que había tratado de ignorar durante un año. Hace 25 años, comenzó el profesor, su voz más suave de lo habitual. Un niño llegó a la universidad con un pantalón heredado de su padre y una camisa que había lavado tantas veces que había perdido el color original. Santiago escuchó en silencio.

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