“LO AISLÓ POR SU ROPA” — El examen nacional reveló lo que EL PROFESOR nunca imaginó…
Lenguaje requirió un cambio de enfoque, análisis de textos, interpretación, redacción. Pero los años de lectura voraz en la biblioteca de Doña Carmen habían construido un vocabulario y una sensibilidad que superaban a estudiantes con acceso a educación formal superior. Razonamiento abstracto fue donde brilló. Patrones, secuencias, lógica pura. Su cerebro estaba diseñado para este tipo de pensamiento. Los problemas que otros encontraban imposibles, él los veía con claridad cristalina. Cuando el supervisor anunció 30 minutos restantes, Santiago ya había terminado.
Usó el tiempo para revisar cada respuesta. Verificó cálculos, reconsideró interpretaciones, confirmó selecciones. No encontró errores. El lápiz de su padre, usado solo para las respuestas finales, había quedado reducido a 2 cm. Cuando sonó la campana final, Santiago fue de los primeros en entregar. En la salida se cruzó con Andrés Villamizar. El hijo del alcalde tenía ojeras profundas y las manos todavía temblando. ¿Cómo te fue?, preguntó Andrés, aunque su tono sugería que no quería saber la respuesta. Bien.
¿Y a ti? No lo sé. Algunos problemas me dieron dificultades. Santiago asintió. No había alegría en ver a Andrés luchando, solo reconocimiento de que ambos habían dado todo lo que tenían. Suerte, pillamizar, suerte, Herrera. Era la conversación más civilizada que habían tenido en un año. Santiago caminó hacia el bus de regreso. El sol de la tarde calentaba su espalda. Las montañas lo esperaban en el horizonte. Había terminado, ahora solo quedaba esperar. Y en dos semanas el Ministerio de Educación revelaría si todo el sacrificio había valido la pena.
Las dos semanas de espera fueron extrañamente pacíficas. Santiago volvió a su rutina en las montañas. ayudaba a su madre en el campo, cuidaba a su hermana, recogía leña, pero algo había cambiado. El peso que había cargado durante un año se había aligerado, no porque supiera el resultado, sino porque había dado todo lo que tenía. El día que se publicarían los resultados, caminó hasta la biblioteca municipal. Doña Carmen lo esperaba con la computadora ya encendida. Listo, mi hijo.
Listo. Se sentó frente a la pantalla. Sus manos no temblaban. Su corazón latía con calma extraña. Ingresó la dirección del Ministerio de Educación, escribió su número de identificación, presionó buscar. La página tardó una eternidad en cargar. Cuando finalmente apareció el resultado, Santiago tuvo que leerlo tres veces para creerlo. Primer lugar nacional. No entre los 100 mejores, no entre los 10. Primer lugar absoluto, el puntaje más alto entre 500,000 estudiantes de todo el país. Doña Carmen, que había estado mirando por encima de su hombro, soltó un grito que resonó en toda la biblioteca.
Dios mío, Santiago. Las lágrimas llegaron entonces. No las había sentido acumularse, pero ahora corrían libres por sus mejillas. Un año de humillaciones, meses de sacrificio, noches interminables, estudiando bajo la luz de velas. Todo había valido la pena. “Tengo que decirle a mi mamá”, dijo, levantándose tan rápido que casi tumbó la silla. “Ve, mi hijo, corre.” Santiago corrió. 3 horas de camino que parecieron 3 minutos. Cuando llegó a su casa, estaba sin aliento, sudando, con el corazón a punto de explotar.
Su madre lavaba ropa en el río. Mamá. Marta levantó la vista alarmada. ¿Qué pasó? ¿Estás bien? Primer lugar. Primer lugar nacional. Las manos de Marta soltaron la ropa que estaba lavando. La tela flotó río abajo, pero ella no lo notó. ¿Qué dijiste? El examen saqué el puntaje más alto del país, de todo el país. El silencio que siguió fue diferente a cualquier otro. Era un silencio donde años de sacrificio se transformaban en algo tangible, donde las lágrimas de una viuda encontraban finalmente un motivo para ser de alegría.
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