Marta cayó de rodillas en el agua del río, sus manos cubriendo su rostro mientras soyloosaba. Tu padre, tu padre lo sabía, siempre lo supo. Santiago se arrodilló junto a ella, abrazándola mientras el agua fría mojaba su ropa. Lo hicimos, mamá, lo hicimos juntos. La hermana menor llegó corriendo, alertada por los gritos. Pronto los tres estaban abrazados en el río, llorando y riendo. Al mismo tiempo, los vecinos comenzaron a acercarse. En un pueblo pequeño, las noticias viajan rápido.
Para el atardecer, toda la comunidad sabía que el hijo de Marta Herrera, el niño huérfano que caminaba 3 horas al colegio, había obtenido el puntaje más alto del país. Esa noche hubo fiesta improvisada. Los vecinos trajeron lo poco que tenían: pan casero, tamales, café. Alguien sacó una guitarra vieja. Las canciones resonaron entre las montañas hasta bien entrada la madrugada. Santiago observaba la celebración desde un rincón, procesando todo lo que había pasado. ¿En qué piensas, mi hijo? Su madre se había sentado junto a él en todo lo que viene ahora, universidades, becas, entrevistas, el mundo se va a abrir de una forma que no puedo imaginar.
¿Y eso te asusta? un poco, pero más me emociona. Marta tomó su mano. Vayas donde vayas, siempre vas a ser Santiago Herrera, el niño de las montañas, el hijo de Ernesto. No lo olvides nunca, nunca, mamá. Al día siguiente, la realidad del resultado comenzó a manifestarse. El Ministerio de Educación envió un funcionario con documentos oficiales, invitaciones a ceremonias, solicitudes de entrevistas, ofertas preliminares de universidades. Periodistas comenzaron a llegar al pueblo. La historia del niño rural, que había vencido a todos los colegios de élite, era exactamente el tipo de narrativa que los medios adoraban.
Santiago atendió las entrevistas con la misma calma que había mostrado en el examen. No exageró sus dificultades, no dramatizó su pobreza, simplemente contó su historia con la honestidad directa que lo caracterizaba. ¿Cómo se siente haber demostrado que estaban equivocados?, preguntó un periodista buscando el ángulo de venganza. No se trata de demostrar nada a nadie, respondió Santiago. Se trata de cumplir una promesa que le hice a mi padre. ¿Y qué piensa del profesor que lo sentó en el rincón?
Santiago consideró la respuesta cuidadosamente. Pienso que el sistema de educación tiene fallas. Algunas personas las perpetúan sin maldad, solo por costumbre. El cambio comienza cuando dejamos de señalar culpables y empezamos a construir soluciones. No era la respuesta explosiva que el periodista buscaba, pero era la verdad. Y la verdad, como Santiago había aprendido, era más poderosa que cualquier venganza. La ceremonia nacional de reconocimiento reunió a la élite educativa del país. El auditorio más grande de la capital brillaba con luces y cámaras.
Ministros, rectores, empresarios. Todos querían estar asociados con el evento que celebraba la excelencia académica. Santiago llegó acompañado de su madre y su hermana. Marta vestía el mismo vestido de siempre, pero había algo diferente en su postura. Caminaba con la dignidad de quien sabe que su hijo ha conquistado algo que nadie puede quitarle. Los ubicaron en la primera fila. Santiago observó a los otros nueve estudiantes con los puntajes más altos. Todos venían de colegios prestigiosos, familias acomodadas, ciudades importantes y luego estaba él, el único de zona rural, el único que había llegado caminando a su colegio durante un año.
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