“LO AISLÓ POR SU ROPA” — El examen nacional reveló lo que EL PROFESOR nunca imaginó…

Sus ojos recorrieron al niño de arriba a abajo, pero cuando llegaron a los zapatos rotos, algo extraño sucedió. El profesor se tocó la corbata, la ajustó nerviosamente, aunque estaba perfectamente anudada. Su mandíbula se tensó de una forma casi imperceptible. No era desprecio lo que cruzó su rostro. Era algo más profundo, más incómodo, como quien ve un fantasma que creía enterrado. El becado rural dijo. Su voz sonó más áspera de lo normal. Sí, señor Santiago Herrera. Llegas tarde.

Caminé tres horas, señor. Méndez desvió la mirada hacia la ventana por un segundo. Cuando volvió a mirar a Santiago, había construido una máscara de indiferencia profesional. La puntualidad es el primer requisito de la excelencia. Siéntate ahí, señaló el rincón del fondo junto a la ventana que daba al basurero. Santiago caminó entre las filas de uniformes perfectos, se sentó sin decir palabra, sacó su cuaderno y un lápiz de 8 cm. Lo que nadie sabía era que Héctor Méndez estaba reviviendo un recuerdo que había pasado 25 años tratando de olvidar.

Un niño con zapatos iguales derrotos, una camisa lavada tantas veces que había perdido el color, la vergüenza de no pertenecer. Ese niño había sido él. Y ahora este Santiago Herrera había entrado a su salón como un espejo de todo lo que Méndez había enterrado bajo capas de títulos, premios y arrogancia cultivada. Durante la clase, mientras explicaba factorización, hizo una pregunta rápida. La expresión x² – 9 se factoriza como Andrés Villamizar, hijo del alcalde, levantó la mano. X + 3 * X – 3, profesor.

Correcto. Desde el rincón casi inaudible una voz murmuró. También puede expresarse como raíces complejas si extendemos el campo. El silencio fue instantáneo. Méndez giró lentamente. Santiago no lo miraba con desafío. Miraba el pizarrón con curiosidad genuina, como quien ve patrones invisibles para los demás. Era la misma mirada que Méndez había tenido a esa edad antes de aprender a esconderla. ¿Cómo te llamas? Santiago Herrera. Señor Herrera, ¿sabes la diferencia entre inteligencia y disciplina? No, señor. La inteligencia sin disciplina es un río sin cauce.

En mi clase seguimos métodos probados. Sí, señor. Méndez volvió al pizarrón, pero sus manos temblaban ligeramente mientras escribía. Este niño era peligroso, no porque amenazara su autoridad, sino porque amenazaba la mentira sobre la que Méndez había construido toda su vida. Santiago guardó su lápiz sobre el corazón, 8 cm de promesa. No sabía que había despertado algo en el profesor que cambiaría a ambos para siempre. Las primeras semanas revelaron el verdadero campo de batalla. No era pobreza contra riqueza.

Era orden contra caos, método contra intuición y Santiago estaba perdiendo. El profesor Méndez tenía un sistema perfeccionado durante 25 años. Cada problema debía resolverse siguiendo pasos específicos. Cada ecuación tenía un camino correcto. Cada respuesta requería un formato exacto: planteamiento, desarrollo, verificación, conclusión. Santiago resolvía los problemas en su cabeza. Veía los patrones antes de escribirlos. Saltaba pasos que consideraba obvios. Llegaba a las respuestas correctas por caminos que ningún libro de texto reconocería. Para Méndez eso era anatema. Herrera, tu resultado es correcto”, dijo el profesor un día devolviendo un examen.

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