“LO AISLÓ POR SU ROPA” — El examen nacional reveló lo que EL PROFESOR nunca imaginó…

Santiago sostuvo la mirada sin parpadear. ¿Hay diferencia si el resultado es el mismo? Por un momento, algo cruzó el rostro de Méndez. No era enojo, era reconocimiento. El reconocimiento incómodo de que este niño de ropa gastada estaba jugando un juego más complejo del que aparentaba. “Vuelve a tu asiento, Herrera.” Santiago obedeció, pero ambos sabían que la conversación no había terminado. En el fondo del salón, Andrés Villamisar observaba el intercambio con interés. Llevaba semanas estudiando al becado rural.

Al principio lo había despreciado como todos los demás, pero había algo en Santiago que lo inquietaba. No era su inteligencia. Andrés conocía gente inteligente. Su padre, el alcalde, rodeaba de asesores brillantes. Era su calma, esa capacidad de absorber humillaciones sin quebrarse, esa forma de seguir adelante como si los insultos fueran lluvia resbalando sobre piedra. Andrés no tenía esa calma. Andrés vivía aterrorizado. Cada noche su padre revisaba sus calificaciones. Cada punto perdido era un sermón. Cada segundo lugar era un fracaso.

El apellido Villamizar no aceptaba mediocridad. Si no eres el mejor, no eres nada, le repetía su padre. Esta familia no cría perdedores. Andrés tomaba pastillas para dormir, pastillas para la ansiedad, pastillas que el médico de la familia recetaba sin preguntar demasiado. Y ahora este niño de las montañas amenazaba su posición. Si Santiago seguía mejorando, si sus calificaciones seguían subiendo, ¿qué le diría Andrés a su padre? No era odio lo que sentía hacia Santiago, era miedo, miedo puro y destilado.

Y el miedo, como Santiago pronto descubriría, era más peligroso que la crueldad. El incidente del baño cambió todo lo que Santiago creía entender. Era un jueves de octubre, minutos antes del examen mensual más importante del semestre. Santiago había llegado temprano por primera vez gracias a que un vecino lo había acercado en su camioneta. El colegio estaba casi vacío. Decidió usar el baño antes de que llegaran los demás. Cuando empujó la puerta, escuchó algo que lo detuvo en seco.

Alguien estaba vomitando. No era el sonido casual de una enfermedad. Era algo más violento, más desesperado. Los espasmos venían acompañados de sollozos ahogados. se asomó con cuidado. Andrés Villamisar estaba arrodillado frente al inodoro, su uniforme impecable ahora manchado, su cabello pegado a la frente por el sudor, temblaba con el miedo de quien enfrenta algo peor que cualquier examen. Junto al lavabo, un frasco de pastillas abierto. Andrés levantó la vista. Sus ojos, normalmente llenos de arrogancia, estaban rojos, vacíos, derrotados.

Si le cuentas a alguien, te destruyo. No era amenaza, era súplica disfrazada. Santiago debería haberse ido. Este era el chico que se burlaba de su ropa, que lideraba las risas cuando él pasaba, que lo llamaba el muerto de hambre en los pasillos. Pero Santiago vio algo que los demás no podían ver. Vio los patrones, la misma curva de desesperación que había visto en su madre después de que su padre murió. El mismo temblor de quien carga un peso demasiado grande.

¿Cuál es el problema?, preguntó. ¿Qué? El examen. ¿Qué parte no entiendes? Andrés lo miró como si le hubiera hablado en otro idioma. ¿Por qué te importa? No me importa. Pero si repruebas, tu padre va a hacerte la vida imposible. Y si tu vida es imposible, vas a hacerme la vida imposible a mí. Así que técnicamente me conviene que apruebes. La lógica era tan absurda que Andrés casi sonríó. Las derivadas, admitió finalmente. No entiendo las derivadas. Santiago miró su reloj.

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