“LO AISLÓ POR SU ROPA” — El examen nacional reveló lo que EL PROFESOR nunca imaginó…

Quedaban 40 minutos. Siéntate. Lo que siguió fue la clase más extraña que ambos habían experimentado. Santiago explicó derivadas usando el agua del lavabo. Cómo la velocidad del chorro cambiaba según cuánto abrías la llave. Como la curva del agua cayendo era exactamente una parábola que podías medir. Mi papá me enseñó que la matemática está en todo dijo Santiago. No en los libros, en el mundo real. Andrés escuchaba con atención genuina, sin máscaras, sin arrogancia. Cuando sonó la campana de advertencia, ambos se miraron.

Esto nunca pasó, dijo Andrés. ¿Qué cosa? Andrés entendió, asintió. El examen comenzó una hora después. Santiago terminó en la mitad del tiempo, como siempre, pero esta vez observaba a Andrés de reojo. Vio como sus manos ya no temblaban, cómo resolvía las derivadas usando el método del agua. Cuando Méndez anunció los resultados, Santiago obtuvo el puntaje más alto, pero el segundo lugar fue Andrés Villamizar, su mejor nota en matemáticas en todo el año. El alcalde llamó esa noche para felicitar a su hijo.

Por primera vez en meses, Andrés no recibió un sermón y así comenzó el pacto más extraño del colegio Simón Bolívar. Cada martes y jueves, antes de que abriera la biblioteca, Santiago y Andrés se reunían en el baño del tercer piso, el lugar más improbable para una alianza, el único lugar donde nadie los buscaría. Santiago enseñaba, Andrés aprendía, pero en público nada cambiaba. Andrés seguía burlándose de Santiago en los pasillos, seguía liderando las risas, seguía siendo el hijo del alcalde que no podía ser visto con el becado rural.

“¿Por qué sigues ayudándome?”, preguntó Andrés un día genuinamente confundido. “Te trato como basura frente a todos.” Santiago pensó en la pregunta. Porque puedo ver la diferencia entre quién eres y quien finges ser. Y porque mi papá me enseñó que ayudar a alguien no depende de si esa persona lo merece, depende de quién quieres ser tú. Andrés no respondió, pero algo cambió en su mirada. Las semanas pasaron, las notas de Andrés subieron consistentemente. El alcalde estaba orgulloso, los profesores estaban impresionados.

Nadie sospechaba la verdad y Santiago cargaba con un secreto que lo hacía más fuerte que cualquier insulto. Porque cada vez que Andrés se burlaba de él en público, Santiago sabía algo que nadie más sabía. El príncipe del colegio dependía del mendigo para mantener su corona. Esa ironía era su armadura silenciosa. Un día, después de una sesión de estudio particularmente intensa, Andrés dijo algo inesperado. “Mi padre no está muerto, pero a veces desearía que lo estuviera.” Santiago no respondió.

Algunas confesiones eran demasiado pesadas para palabras. “Tú perdiste al tuyo,” continuó Andrés. Y aún así no estás roto. Todos estamos rotos, Villamizar. La diferencia es qué hacemos con los pedazos. El silencio que siguió no era hostil. Era el silencio de dos personas que habían visto la humanidad del otro sin permiso. No se convirtieron en amigos. La distancia social era demasiado grande, pero algo había cambiado fundamentalmente. Santiago había descubierto que la verdadera fortaleza no estaba en vencer a sus enemigos, estaba en convertirlos en algo que ni ellos mismos esperaban y eso era más poderoso que cualquier examen.

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