Noviembre trajo el primer fracaso real de Santiago. Había estado en racha perfecta durante semanas, pero el problema 37 lo destruyó. Méndez lo había puesto como desafío extra, una ecuación diferencial de segundo orden con condiciones de frontera no lineales. Quien lo resuelva tendrá puntos extra y mi recomendación para las olimpiadas, anunció Santiago copió el problema y comenzó a trabajar. Normalmente los números le hablaban. Cuando veía una parábola, veía la curva del agua cayendo del techo de Zinc. Cuando veía una exponencial, veía cómo se multiplicaban las hormigas en el azúcar.
Cuando veía una integral, veía el área de los campos de café que su madre recogía. Pero este problema era diferente. Los patrones no aparecían. Era como mirar un cielo sin estrellas. Durante la clase no llegó a nada. Cada camino terminaba en callejón sin salida. Esa noche, junto al fogón, lo intentó de nuevo. Su lápiz se movía con frustración creciente. Tachó un enfoque, probó otro, tachó de nuevo. La lluvia golpeaba el techo de Z como mil tambores furiosos.
El ruido no lo dejaba pensar. “¡Cállate!”, murmuró al cielo. Siguió trabajando. Una hora, dos, tres, nada. El fuego se apagó. Su madre y hermana dormían. Solo quedaba él su vela a punto de consumirse y un problema que se burlaba de todos sus intentos. Por primera vez en años, Santiago sintió impotencia. Su mente era su refugio, su arma, su única ventaja y ahora fallaba. No puedo susurró. No puedo hacerlo. Miró el lápiz en su mano. 6 cm, el regalo de su padre.
Y si la promesa era mentira. Y si siempre habría un problema que no podía resolver. levantó el lápiz sobre las cenizas del fogón, donde todavía quedaba algo de calor. Sería fácil dejarlo caer, quemar la promesa junto con la madera. Mijo, Marta estaba en la puerta, apenas visible en la oscuridad. Son las 3 de la mañana. ¿Qué haces? Nada, mamá. un problema del colegio. Marta se acercó, vio el cuaderno lleno de tachones, vio el lápiz suspendido sobre las cenizas.
Vio los ojos húmedos de su hijo. Se sentó junto a él sin decir nada. Miró el problema en el papel como si pudiera entenderlo. Explícame. No lo entenderías, mamá. Es matemática avanzada. Explícamelo como si fuera una niña. Santiago suspiró. ¿Qué sentido tenía? Pero comenzó. Convirtió ecuaciones en palabras, símbolos en imágenes. Es como encontrar el nivel exacto de agua en un río que sube y baja al mismo tiempo. Y el río cambia de forma según cuánta agua tenga y tienes que predecir dónde estará en cualquier momento.
Marta escuchó en silencio. Luego preguntó, “¿El río siempre cambia igual?” No, ese es el problema. Cambia según reglas que también cambian y no puedes dividirlo. Mirar cuando sube, luego cuando baja y después juntar las partes. Santiago abrió la boca para explicar por qué eso no funcionaba, pero se detuvo dividirlo. De pronto vio algo, no números en el papel. vio el río de verdad, el río que cruzaba cada mañana camino al colegio. Cómo se dividía en dos brazos cuando encontraba una roca grande, cómo cada brazo seguía su propio camino, cómo volvían a unirse después la roca.
Eso era el problema. Necesitaba una roca, si separaba las condiciones de frontera en regiones positivas y negativas, si trataba cada región como un río diferente, si luego usaba la roca como punto de unión, tomó el lápiz, el mismo que había estado a punto de quemar, y comenzó a escribir. Los números ya no eran números, eran agua. El papel ya no era papel, era el valle donde había crecido. Las ecuaciones ya no eran símbolos abstractos, eran el lenguaje secreto que su padre le había enseñado a ver.
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