Debe ser como tener superpoderes. No son poderes, es práctica. Cualquiera puede aprender a ver si deja de mirar solo los símbolos. Incluso yo, incluso tú. Méndez había notado el cambio en Santiago, las calificaciones perfectas, pero sin participación, la presencia física, pero ausencia mental. Un día lo confrontó. Herrera, ya no participas en clase. Usted me dijo que guardara mis comentarios, profesor. Los estoy pidiendo ahora. No tengo comentarios. El material ya lo domino. Méndez lo estudió con ojos entrecerrados.
Algo en este niño lo inquietaba profundamente. Era como mirarse en un espejo que mostraba el camino no tomado. El conocimiento sin humildad es peligroso. La humildad sin conocimiento es solo ignorancia aceptada. El silencio fue absoluto. Méndez se acercó al rincón. Cuando habló, su voz era baja. ¿Qué estás haciendo, Herrera? Preparándome para el examen nacional. Mis estudiantes se preparan tres semanas antes. Su sistema funciona para ellos. El mío funciona para mí. Tu sistema. Un niño que estudia con velas cree tener un sistema mejor.
No mejor, diferente. Yo no memorizo números. Aprendo a ver el mundo. Méndez se quedó inmóvil. Esas palabras resonaban con algo enterrado muy profundo. Él también había visto el mundo así una vez antes de que la vergüenza lo convirtiera en lo que era ahora. La diferencia entre ambición y arrogancia es muy fina. Lo sé, profesor. Camino sobre esa línea cada día. Méndez volvió al frente de la clase sin responder, pero esa noche, solo en su oficina se encontró mirando una foto vieja, un niño de barrio pobre con ojos brillantes, un niño que veía patrones en todo, un niño que había decidido enterrar para siempre.
Y si Santiago era la prueba de que había existido otro camino. La duda, una vez plantada es difícil de erradicar. El incidente del pizarrón definió el punto de no retorno. Faltaban 3 meses para el examen nacional. Méndez organizó un simulacro con condiciones reales. 32 estudiantes, 2 horas, 10 problemas. Santiago terminó en 45 minutos. Se quedó mirando por la ventana mientras los demás luchaban. Afuera, las nubes formaban espirales que seguían la misma función logarítmica. que había resuelto en el problema ocho.
Cuando el tiempo terminó, Méndez comenzó a corregir en voz alta. Problema siete. La mayoría tuvo dificultades. Es una integral triple con cambio de coordenadas. Comenzó a escribir en el pizarrón paso a paso. 15 líneas hasta la respuesta. Preguntas. Santiago levantó la mano. Herrera, se puede resolver en seis líneas. Perdón. Hay un método más directo usando la simetría del integrando. El silencio fue tenso. Me estás diciendo que mi método está mal. No, profesor. Solo digo que hay uno más eficiente.
Méndez cruzó los brazos. Muéstralo. Santiago caminó hacia el pizarrón. Tomó el marcador, pero no vio números en el problema. vio algo diferente. Vio el túnel de la mina donde había muerto su padre. Vio como los ingenieros calculaban volúmenes de roca. Vio la simetría perfecta de las vigas que sostenían el techo. Su padre le había explicado una vez cómo los mineros veteranos sabían calcular cargas sin fórmulas. Miraban el túnel y veían el peso distribuyéndose como agua en un vaso.
Santiago escribió, identificó la simetría que Méndez había ignorado. Usó esa simetría para reducir la integral triple a una doble. Aplicó una sustitución directa inspirada en cómo el agua encuentra el camino más corto entre dos puntos. Seis líneas. Misma respuesta. Cuando terminó, se volteó hacia Méndez. “La matemática busca la elegancia”, dijo en voz baja. El camino más corto hacia la verdad es el más verdadero. Méndez miró las dos soluciones lado a lado, 15 líneas contra seis. El salón entero esperaba su reacción.
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