“LO AISLÓ POR SU ROPA” — El examen nacional reveló lo que EL PROFESOR nunca imaginó…

Todo. Marta se acercó y tomó su rostro entre sus manos callosas. Sus ojos brillaban con algo que iba más allá del orgullo. “Tu padre me habló de ti la noche antes de morir. ¿Sabes qué me dijo?” No me dijo, ese niño va a hacer cosas que nosotros ni siquiera podemos imaginar. Solo necesita una oportunidad. Santiago sintió el nudo en su garganta. Hoy tienes esa oportunidad, mi hijo. No importa el resultado. Lo que importa es que llegaste hasta aquí, que no dejaste que nadie te convenciera de que eras menos.

No voy a fallar, mamá. Lo sé. Pero aunque fallaras, seguirías siendo mi orgullo. Seguirías siendo el hijo de Ernesto Herrera y eso vale más que cualquier examen. Lo abrazó con fuerza. Era el abrazo de una madre que había sacrificado todo para dar a su hijo una posibilidad. El abrazo de una mujer que había aprendido que el amor se demuestra con hechos, no con palabras. Ve”, dijo finalmente. “Ve y demuéstrales quién eres.” El transporte del ministerio lo recogió en el cruce de caminos.

Un bus escolar lleno de estudiantes nerviosos que no paraban de revisar apuntes y murmurar fórmulas. Santiago se sentó junto a la ventana y miró las montañas alejarse. 3 años de preparación, un año de humillaciones, meses de estudio intensivo. Todo se reducía a las próximas 4 horas. El examen se realizaba en el auditorio de la Universidad Estatal. 500 estudiantes de todo el departamento, filas interminables de escritorios, supervisores con expresiones serias. Santiago encontró su asiento asignado, fila 14, puesto nu, lejos de cualquier conocido, solo, como siempre.

El supervisor principal explicó las reglas. Cuatro secciones, 4 horas. Cualquier intento de comunicación con otros estudiantes resultaría en descalificación inmediata. Pueden comenzar. 500 lápices tocaron el papel al unísono. Santiago abrió su cuadernillo de examen. La primera sección era matemáticas, su territorio natural. Pero no empezó a escribir inmediatamente. Primero leyó todas las preguntas, identificó las fáciles, las medias, las difíciles, calculó el tiempo necesario para cada una. Era la estrategia que había desarrollado durante meses de práctica. Luego comenzó.

La primera pregunta cayó en 30 segundos, la segunda en un minuto, la tercera requirió más cuidado, pero la respuesta apareció con claridad. Su mano se movía con precisión. Cada paso documentado, cada procedimiento visible. Había aprendido a traducir su pensamiento intuitivo al lenguaje que los evaluadores esperaban. Cuando terminó la sección de matemáticas quedaba más de la mitad del tiempo asignado. Ciencias fue similar, física, química, biología, conceptos que había interiorizado no por memorización, sino por comprensión profunda. Veía las conexiones entre disciplinas que otros trataban como compartimentos separados.

Lenguaje requirió un cambio de enfoque, análisis de textos, interpretación, redacción. Pero los años de lectura voraz en la biblioteca de Doña Carmen habían construido un vocabulario y una sensibilidad que superaban a estudiantes con acceso a educación formal superior. Razonamiento abstracto fue donde brilló. Patrones, secuencias, lógica pura. Su cerebro estaba diseñado para este tipo de pensamiento. Los problemas que otros encontraban imposibles, él los veía con claridad cristalina. Cuando el supervisor anunció 30 minutos restantes, Santiago ya había terminado.

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