“LO AISLÓ POR SU ROPA” — El examen nacional reveló lo que EL PROFESOR nunca imaginó…

La pobreza, la vergüenza, la sensación de no pertenecer. En lugar de ayudarte, te castigué por recordarme de dónde venía. Fue cobarde. Fue injusto. Lo fue, lo sé. Méndez bajó la mirada. He enseñado 25 años. Formé campeones. Envié estudiantes a las mejores universidades, pero nunca me pregunté si estaba formando buenas personas. Solo me preguntaba si estaba produciendo buenos resultados. Y ahora, ahora me pregunto, ¿cuántos estudiantes como tú dejé en el camino? ¿Cuántos talentos ignoré porque no encajaban en mi molde.

El presentador anunció el tercer lugar. Quedaban dos estudiantes. Profesor, dijo Santiago, no le guardo rencor. Lo que pasó me hizo más fuerte. Pero hay algo que puede hacer. ¿Qué? Hay miles de estudiantes como yo en zonas rurales de todo el país. Niños brillantes que nunca tendrán una oportunidad porque nadie los ve. Si realmente quiere compensar lo que hizo, no me lo demuestre a mí, demuéstrelo con ellos. Méndez lo miró con ojos que brillaban sospechosamente. ¿Cómo? El ministerio está creando un programa para identificar talentos en zonas marginadas.

Necesitan profesores voluntarios, gente dispuesta a viajar a pueblos remotos, a ver más allá de la ropa y los zapatos. Me estás pidiendo que le estoy dando la oportunidad de convertir sus errores en algo útil. La decisión es suya. El presentador anunció el segundo lugar. Santiago se volteó para caminar hacia el escenario. Herrera. La voz de Méndez lo detuvo. ¿Por qué? Después de todo, ¿por qué me darías esta oportunidad? Santiago lo miró por última vez. Porque el perdón no es para usted, profesor, es para mí.

Cargar con rencor es como beber veneno esperando que el otro muera. Prefiero construir algo mejor. Y caminó hacia el escenario mientras el presentador anunciaba. con el puntaje más alto registrado en los últimos 20 años del examen nacional, Santiago Herrera. El auditorio estalló en aplausos. Santiago subió las escaleras, recibió la medalla de oro y se acercó al micrófono. 1000 personas lo miraban. Cámaras transmitían a todo el país. Buscó a su madre en la audiencia. Marta lloraba de alegría, aferrando la mano de su hija menor.

Luego habló, “Esta medalla no es solo mía, es de mi madre, que trabajó campos ajenos para darme una oportunidad. Es de mi padre, que murió en una mina creyendo que la educación me salvaría. Es de una bibliotecaria de pueblo que me guardaba libros que nadie más quería. Es de todos los que creyeron en mí cuando nadie más lo hacía.” hizo una pausa, pero también quiero dedicarla a los que no creyeron porque me enseñaron que el valor propio no depende de la validación ajena, que el talento encuentra su camino, aunque el sistema intente bloquearlo, que la dignidad no se puede quitar con insultos ni con rincones.

Miró directamente a la cámara. Si hay un niño viendo esto desde una casa humilde, sintiéndose invisible, quiero que sepa algo. Tu origen no determina tu destino. La única persona que puede decirte hasta dónde llegas eres tú mismo. El aplauso que siguió duró varios minutos y en un rincón del auditorio, un profesor de cabello gris lloraba en silencio, sabiendo que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Las semanas siguientes fueron un torbellino de ofertas y decisiones.

Universidades de todo el país querían a Santiago. Becas completas, alojamiento, estipendios. Empresas tecnológicas ofrecían pasantías, fundaciones prometían apoyo financiero para toda su carrera. El Dr. Aurelio Vázquez, el matemático que lo había descubierto meses atrás, cumplió su promesa. Contactó instituciones internacionales. En cuestión de semanas, Santiago tenía ofertas de universidades en tres continentes. Pero antes de tomar cualquier decisión, había algo que necesitaba hacer. Volvió al colegio Simón Bolívar una última vez. Los pasillos que había recorrido con vergüenza ahora lo recibían de forma diferente.

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