“LO AISLÓ POR SU ROPA” — El examen nacional reveló lo que EL PROFESOR nunca imaginó…

Estudiantes que antes lo ignoraban, ahora lo saludaban con respeto. Profesores que nunca le habían dirigido la palabra, ahora querían estrechar su mano y tomarse fotos. Santiago rechazó cortésmente cada solicitud y caminó directamente hacia el salón 4B. El profesor Méndez estaba ahí sentado en su escritorio mirando por la ventana con expresión pensativa. El salón estaba vacío. Era hora de almuerzo y los estudiantes comían en la cafetería. Cuando Santiago entró, Méndez se levantó inmediatamente. Herrera, no esperaba verte aquí.

Tenía que volver una última vez. Santiago caminó hacia el rincón del fondo. La mesa vieja seguía ahí con su pata coja y su superficie rallada por años de uso. Se sentó en la silla tambaleante, donde había pasado 327 días. El rincón se sentía diferente ahora más pequeño, menos amenazante. Quería agradecerle, profesor. Méndez lo miró con sorpresa genuina. Agradecerme después de todo lo que hice me enseñó algo que ningún libro podía enseñarme. Me enseñó que el sistema no siempre es justo, que el talento sin estrategia no alcanza, que a veces hay que aprender las reglas para poder romperlas inteligentemente.

Eso no era lo que intentaba enseñarte. Lo sé, pero lo aprendí igual y resulta que fue la lección más valiosa del año. Méndez se sentó en una silla cercana. Por primera vez parecían dos personas hablando de igual a igual, sin jerarquías, sin defensas. “Renuncié al colegio”, dijo el profesor. Santiago se quedó inmóvil. “¿Qué? Presenté mi renuncia la semana pasada, efectiva a fin de mes, pero lleva 25 años aquí. Es su vida, era mi vida, corrigió Méndez. Me uní al programa que mencionaste, Talento sin Fronteras.

Empiezo el próximo mes. Viajaré por zonas rurales identificando estudiantes que el sistema ignora. Santiago procesó la noticia en silencio. De todas las posibilidades que había imaginado, esta no estaba entre ellas. ¿Por qué? Porque tenías razón. He pasado 25 años puliendo diamantes que ya brillaban, estudiantes de familias ricas que habrían triunfado con o sin mí. Me atribuí sus éxitos como si fueran míos. Méndez miró hacia el rincón donde Santiago estaba sentado, pero los verdaderos talentos, los que podrían cambiar el mundo si alguien les diera una oportunidad.

A esos los senté en los rincones, los ignoré, los descarté por no encajar en mi molde. Profesor, no, déjame terminar. Tú no eres el primero, Herrera. Hubo otros antes, niños con ojos brillantes, que llegaron con esperanzas y se fueron con heridas. No todos tuvieron tu fortaleza. Algunos abandonaron, algunos se rindieron. Y yo nunca me pregunté qué había pasado con ellos. El silencio que siguió estaba cargado de 25 años de errores no reconocidos. ¿Y su reputación? preguntó Santiago.

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