“LO AISLÓ POR SU ROPA” — El examen nacional reveló lo que EL PROFESOR nunca imaginó…

Santiago guardó el examen sin discutir, pero esa noche, sentado junto al fogón, mientras la lluvia golpeaba el techo de Z, pensó en las palabras de Méndez. Tenía razón el profesor, era su forma de pensar un defecto, no una virtud. El ruido de la lluvia no lo dejaba concentrarse. Había desarrollado el hábito de taparse los oídos con trapos húmedos para amortiguar el sonido, pero esa noche no funcionaba. Cada gota era un martillo contra su concentración. Miró su cuaderno.

Quedaban tres hojas limpias. tenía que escribir en letra microscópica para que duraran hasta fin de mes. Su madre no podía comprar otro cuaderno. El dinero apenas alcanzaba para frijoles y arroz. “Mi hijo, ¿por qué no duermes?” Marta Herrera apareció en la puerta envuelta en una cobija raída. Sus ojos tenían esa mezcla de amor y preocupación que Santiago conocía también. “No puedo, mamá. Tengo que entender algo. ¿Qué cosa? Si estoy haciendo las cosas mal. Marta se sentó junto a él.

El fuego del fogón proyectaba sombras danzantes en su rostro cansado. ¿Por qué dices eso? El profesor dice que mis métodos son incorrectos, que necesito disciplina, que mis atajos no sirven. Y tus respuestas correctas, siempre correctas. Marta sonrió. Era la sonrisa de alguien que había aprendido más de la vida que de cualquier libro. Tu padre me contó una vez sobre los ingenieros de la mina. Llegaban con sus títulos y sus manuales diciendo exactamente dónde cabar. Pero los mineros viejos, los que llevaban décadas bajo tierra, sabían cosas que ningún manual enseñaba.

Sabían cuándo una roca iba a ceder, cuando el aire cambiaba, cuándo había que salir corriendo y qué pasaba. Los ingenieros que escuchaban a los viejos vivían más tiempo. Santiago procesó la historia en silencio. El profesor cree que su manual es el único camino. Tal vez lo sea para él, pero tú no eres él, mi hijo. Tú ves cosas que otros no ven. Eso no es un defecto, es un don. Solo tienes que aprender cuándo usarlo y cuándo guardarlo.

Esa noche Santiago tomó una decisión estratégica. En los exámenes seguiría el método de Méndez al pie de la letra. Cada paso documentado, cada proceso visible, cada formato respetado, le daría al profesor exactamente lo que pedía, pero en su cuaderno privado seguiría explorando sus propios caminos, seguiría buscando los atajos, seguiría siendo el mismo. Era una guerra en dos frentes, público y privado, supervivencia y verdad. Las semanas siguientes sus calificaciones mejoraron, no porque entendiera más, sino porque había aprendido a traducir su pensamiento al idioma de Méndez.

Era como escribir un poema y luego pasarlo a prosa burocrática. Pero el profesor notó algo. “Herrera, tu último examen fue impecable”, dijo Méndez un día con tono que era casi de sospecha. Método perfecto. Proceso claro. ¿Qué cambió? Aprendí a seguir las reglas, profesor. Méndez lo estudió con ojos entrecerrados. Había algo en la respuesta que no le gustaba. Una sumisión demasiado perfecta, una obediencia que olía a estrategia. Las reglas existen por una razón, herrera. Lo sé, profesor. ¿Lo sabes o solo finges saberl?

Santiago sostuvo la mirada sin parpadear. ¿Hay diferencia si el resultado es el mismo? Por un momento, algo cruzó el rostro de Méndez. No era enojo, era reconocimiento. El reconocimiento incómodo de que este niño de ropa gastada estaba jugando un juego más complejo del que aparentaba. “Vuelve a tu asiento, Herrera.” Santiago obedeció, pero ambos sabían que la conversación no había terminado. En el fondo del salón, Andrés Villamisar observaba el intercambio con interés. Llevaba semanas estudiando al becado rural.

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