“LO AISLÓ POR SU ROPA” — El examen nacional reveló lo que EL PROFESOR nunca imaginó…

Esto nunca pasó, dijo Andrés. ¿Qué cosa? Andrés entendió, asintió. El examen comenzó una hora después. Santiago terminó en la mitad del tiempo, como siempre, pero esta vez observaba a Andrés de reojo. Vio como sus manos ya no temblaban, cómo resolvía las derivadas usando el método del agua. Cuando Méndez anunció los resultados, Santiago obtuvo el puntaje más alto, pero el segundo lugar fue Andrés Villamizar, su mejor nota en matemáticas en todo el año. El alcalde llamó esa noche para felicitar a su hijo.

Por primera vez en meses, Andrés no recibió un sermón y así comenzó el pacto más extraño del colegio Simón Bolívar. Cada martes y jueves, antes de que abriera la biblioteca, Santiago y Andrés se reunían en el baño del tercer piso, el lugar más improbable para una alianza, el único lugar donde nadie los buscaría. Santiago enseñaba, Andrés aprendía, pero en público nada cambiaba. Andrés seguía burlándose de Santiago en los pasillos, seguía liderando las risas, seguía siendo el hijo del alcalde que no podía ser visto con el becado rural.

“¿Por qué sigues ayudándome?”, preguntó Andrés un día genuinamente confundido. “Te trato como basura frente a todos.” Santiago pensó en la pregunta. Porque puedo ver la diferencia entre quién eres y quien finges ser. Y porque mi papá me enseñó que ayudar a alguien no depende de si esa persona lo merece, depende de quién quieres ser tú. Andrés no respondió, pero algo cambió en su mirada. Las semanas pasaron, las notas de Andrés subieron consistentemente. El alcalde estaba orgulloso, los profesores estaban impresionados.

Nadie sospechaba la verdad y Santiago cargaba con un secreto que lo hacía más fuerte que cualquier insulto. Porque cada vez que Andrés se burlaba de él en público, Santiago sabía algo que nadie más sabía. El príncipe del colegio dependía del mendigo para mantener su corona. Esa ironía era su armadura silenciosa. Un día, después de una sesión de estudio particularmente intensa, Andrés dijo algo inesperado. “Mi padre no está muerto, pero a veces desearía que lo estuviera.” Santiago no respondió.

Algunas confesiones eran demasiado pesadas para palabras. “Tú perdiste al tuyo,” continuó Andrés. Y aún así no estás roto. Todos estamos rotos, Villamizar. La diferencia es qué hacemos con los pedazos. El silencio que siguió no era hostil. Era el silencio de dos personas que habían visto la humanidad del otro sin permiso. No se convirtieron en amigos. La distancia social era demasiado grande, pero algo había cambiado fundamentalmente. Santiago había descubierto que la verdadera fortaleza no estaba en vencer a sus enemigos, estaba en convertirlos en algo que ni ellos mismos esperaban y eso era más poderoso que cualquier examen.

Noviembre trajo el primer fracaso real de Santiago. Había estado en racha perfecta durante semanas, pero el problema 37 lo destruyó. Méndez lo había puesto como desafío extra, una ecuación diferencial de segundo orden con condiciones de frontera no lineales. Quien lo resuelva tendrá puntos extra y mi recomendación para las olimpiadas, anunció Santiago copió el problema y comenzó a trabajar. Normalmente los números le hablaban. Cuando veía una parábola, veía la curva del agua cayendo del techo de Zinc. Cuando veía una exponencial, veía cómo se multiplicaban las hormigas en el azúcar.

Cuando veía una integral, veía el área de los campos de café que su madre recogía. Pero este problema era diferente. Los patrones no aparecían. Era como mirar un cielo sin estrellas. Durante la clase no llegó a nada. Cada camino terminaba en callejón sin salida. Esa noche, junto al fogón, lo intentó de nuevo. Su lápiz se movía con frustración creciente. Tachó un enfoque, probó otro, tachó de nuevo. La lluvia golpeaba el techo de Z como mil tambores furiosos.

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