Fluían hacia donde el terreno lo permitía, y el terreno aquí estaba inclinado hacia los ricos. Pero el agua siempre encontraba otro camino. El examen nacional dijo, ¿qué es? En 6 meses. Lo califica el ministerio. No importa quién es tu padre ni cuánto dinero tienes, solo importan las respuestas. Marta sonrió. Ahí está mi hijo. En el camino de regreso, mientras el bus subía por los cerros, Santiago planificaba 6 meses, 180 días. Cada hora tendría propósito. El examen nacional era un río sin rocas artificiales, sin terrenos inclinados por dinero.
El agua llegaría donde tuviera que llegar y Santiago iba a demostrar exactamente hasta dónde podía llegar un niño de las montañas. Cuando llegaron a casa, sacó su cuaderno y comenzó. No estudiaba los números como símbolos muertos. Los estudiaba como su padre le había enseñado, como el lenguaje secreto del universo. Cada ecuación era un río, cada variable era una roca, cada solución era el camino que el agua encontraba inevitablemente. Los otros estudiantes memorizaban fórmulas. Santiago aprendía a ver.
Esa era la diferencia que nadie entendía y esa sería su ventaja. Su lápiz medía 5 cm, tenía que ser suficiente. Los meses siguientes, Santiago perfeccionó su forma de ver el mundo. No estudiaba matemáticas, estudiaba patrones. El universo entero era su libro de texto. Dividió su día en bloques precisos. Las horas antes del amanecer, cuando el rancho estaba en silencio absoluto, eran para problemas complejos. Las caminatas de 3 horas al colegio se convirtieron en sesiones de observación. Memorizaba fórmulas mientras sus ojos seguían la curva de los ríos, el ángulo de los árboles, la espiral de las nubes.
Todo era matemática, solo había que aprender a verla. La biblioteca municipal se convirtió en su segundo hogar. Doña Carmen, la bibliotecaria, había notado a este niño años atrás. Pedía libros que ningún otro estudiante solicitaba. Un día ella le entregó algo especial. Encontré esto en una caja del sótano. Era un manual soviético de 1962 sobre resolución de problemas, páginas amarillentas que olían a historia. Santiago lo leyó en tres noches. El libro no enseñaba matemáticas convencionales, enseñaba a pensar.
Cada capítulo mostraba cómo aproximarse a problemas imposibles desde ángulos inesperados. Era exactamente lo que Santiago hacía naturalmente, pero sistematizado. Una noche, mientras estudiaba junto al fogón, su hermana menor se acercó. ¿Qué haces? Matemáticas. Puedo ver. Santiago le mostró el problema. Una integral compleja que involucraba funciones trigonométricas. Parece difícil, dijo la niña. ¿Sabes qué veo yo? ¿Qué? Santiago señaló la curva en el papel. ¿Recuerdas cuando lanzamos piedras al río y hacían ondas? Sí. Esta función es exactamente eso, ondas que se expanden.
Si entiendes las ondas del río, entiendes esto. La niña miró el papel con ojos nuevos. Todo es así. La matemática es como cosas reales. Todo es así. Papá me lo enseñó. Mientras tanto, el colegio se había convertido en formalidad. asistía, cumplía los requisitos mínimos de Méndez y desaparecía en su mundo de estudio privado. Las sesiones secretas con Andrés continuaban cada martes y jueves en el baño del tercer piso. Una tarde, mientras explicaba derivadas parciales, Andrés hizo una pregunta inesperada.
¿Cómo ves estas cosas tan rápido? Santiago pensó en cómo explicarlo. ¿Conoces el mercado del pueblo? No hay un señor que vende mangos, nunca usa calculadora, pero siempre sabe exactamente cuánto cobrar. 10 mangos a 300, tres a 100, dos regalados y compras una docena. Hace matemáticas sin saberlo. Y mi papá era igual. Calculaba vigas para los túneles sin fórmulas. Solo miraba y sabía. Yo heredé eso. No veo números. Veo las cosas que los números describen. Andrés lo miró con algo parecido al respeto.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
