Lo cuidó como a un hijo. Él solo esperaba que muriera.

Elena no gritó. No lloró. Solo se quedó quieta en la cama, escuchando cada palabra de Pavel, cada frase pronunciada como si fuera una confesión ante un cómplice invisible. Su cuerpo temblaba, pero no de miedo. Era otra cosa… una calma escalofriante, como si algo dentro de ella hubiera muerto incluso antes que el cáncer lo devorara todo.

A la mañana siguiente, Pavel actuó como si nada hubiera pasado. La saludó con un beso en la mejilla, le preguntó si quería té. Incluso barrió el pasillo, algo que jamás hacía. Elena lo observaba en silencio, con una expresión nueva: serena, sabia… y peligrosa.

Pasaron los días. Ella se volvió más introspectiva, organizando documentos, firmando papeles, llamando discretamente a su abogado. Katya vino a verla y pasó la tarde con ella, sin saber que aquella conversación tranquila escondía un plan.

—Tía, ¿estás segura? —le susurró, leyendo el testamento.

—Más que nunca. Todo debe estar en su sitio. Y él, fuera de este.

Cuando Pavel regresó esa noche, Elena lo esperaba con la cena puesta. Pollo al horno, su plato favorito. Él sonrió, complacido.

—Así me gusta —dijo mientras se servía—. Tenemos que cuidarnos, ¿no?

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