Lo cuidó como a un hijo. Él solo esperaba que muriera.

—¿Qué… qué está pasando? —preguntó uno al ver a Elena tranquila.

—Tranquilos. Tengo pruebas —dijo ella, entregándoles una grabación del balcón y el nuevo testamento, firmado y notariado, donde renunciaba a todo lo que compartía con Pavel. —Intentó envenenarme hace meses, antes de saber mi diagnóstico. Yo no podía probarlo… pero ahora sí puedo probar que esperaba mi muerte como una inversión.

El informe médico más tarde confirmaría que Pavel no fue envenenado, solo fue víctima de un tranquilizante leve mezclado con licor barato. Pero la grabación, el testamento actualizado y el historial de desprecio serían suficientes para que el juez emitiera una orden de alejamiento y anulación de cualquier derecho sobre la herencia.

Elena murió dos meses después. En paz. En brazos de Katya, en una habitación llena de luz, sin miedo. Y en la pared colgaba una placa:
“Este apartamento fue ganado con trabajo, no con amor fingido.”

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