“Lo negaron durante veinte años — pero ahora lo quieren de vuelta como su heredero.”
El corazón de Elena se rompió, pero permaneció firme junto a su hija.
“Hija mía, yo te llevé en mi vientre. Si el mundo te da la espalda, yo no lo haré. No caminarás sola.”
Nueve meses después, Lucía dio a luz a un niño. Desde el primer llanto, los rasgos de su padre eran innegables — la misma nariz afilada, los mismos ojos marrones y una pequeña marca de nacimiento en el hombro, idéntica a la de todos los hombres de la familia de Rafael.
Elena lo alzó y dijo con ternura:
“Este es Mateo — su nombre significa ‘Regalo de Dios’. Pase lo que pase, este niño es una bendición.”
Pero cuando la familia de Rafael vino a ver al niño, lo despreciaron.
“Ese no es de nuestra sangre,” escupió su madre.
“Sin pruebas, no es nada para nosotros,” ladró otro pariente.
Y se marcharon, cerrando la puerta de un portazo.
Desde aquel día, Lucía y Elena criaron a Mateo solas. Sin ayuda, sin dinero, sin una palabra amable de la familia de Rafael.
Pasaron los años. Elena vendió sus joyas y su tierra. Lucía trabajaba largas horas en tiendas ajenas y vendía empanadas en la calle para mantener a su hijo en la escuela.
En la escuela, los niños se burlaban de él:
“¡Bastardo! ¡Tu padre no te quiso!”
Mateo apretaba los puños, pero su madre siempre le decía:
“No pelees, hijo. Algún día, tu vida hablará por ti.”
Creció como un joven brillante, respetuoso y decidido. El dolor del rechazo solo lo hizo más fuerte.
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