“Lo negaron durante veinte años — pero ahora lo quieren de vuelta como su heredero.”

Mientras tanto, Rafael se casó con otra mujer, Isabel, pero el destino fue cruel. Pasaron los años y nunca tuvieron hijos. Médicos, sacerdotes y curanderos dijeron lo mismo:
“Nunca tendrán descendencia.”

El orgullo de Rafael se convirtió en vergüenza. Evitaba a Lucía, pero en el fondo sabía la verdad: su único hijo vivía en la casa que él había rechazado.

Dos décadas después, Mateo era un universitario alto y seguro de sí mismo — todo lo que un padre podría soñar. Lucía y Elena lo miraban con orgullo. Pero un día llegó la noticia: Rafael estaba gravemente enfermo. Ni su riqueza pudo salvarlo. En pocos meses, murió.

En su entierro, los familiares lloraban — no solo por él, sino por el fin de su linaje.
“Sin un hijo que continúe el apellido…”, murmuraban.
Entonces alguien susurró:
“¿Y el hijo de Lucía — Mateo? Se parece tanto a Rafael.”
“Sí… los mismos ojos, la misma marca. Él es el heredero.”

Y así, vinieron.

Días después, los familiares de Rafael llegaron a la casa de Elena — tíos, hermanos, incluso su madre anciana.
No vinieron humildes; vinieron exigiendo.
“¿Dónde está el chico?”, gruñó un tío.
“¿Qué chico?”, preguntó Elena con tono helado.
“Mateo. Nuestro hijo. Rafael puede haber muerto, pero su sangre debe continuar.”

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