Etapa 1. La celebración había terminado, las velas se habían consumido y todos estaban seguros de que solo llegaría la felicidad.
La boda de Katya e Ilya resultó ser exactamente el tipo de boda de la que la gente hablaría durante años: cálida, ruidosa, con bailes hasta que les dolieran las piernas y brindis que hacían que incluso los hombres más reservados se abrazaran.
Katya estaba radiante, no con la sonrisa ostentosa de una novia para las fotos, sino con la alegría genuina y viva de quien finalmente siente que pertenece. Ilya también estaba feliz: tranquilo, abierto, le tomó la mano toda la noche, como si temiera que esta realidad se desvaneciera en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando los invitados se marcharon, el patio tenía esa tranquilidad especial de la noche posterior a la celebración: las vallas aún conservaban los ecos de la música, y el aire olía a champán, polvo del camino y lilas del jardín. Los recién casados fueron acompañados al dormitorio por sus seres queridos; algunos bromearon, otros les guiñaron el ojo, otros los abrazaron con ternura. La madre de Katya, Irina Pavlovna, rompió a llorar de felicidad. La madre de Ilya, Lyudmila Sergeyevna, se mantuvo firme y severa, pero sus labios temblaron al decir:
"Cuídense mutuamente. Desde el primer día".
La puerta del dormitorio se cerró. La casa quedó en completo silencio.
Y entonces, literalmente unos minutos después, un grito rompió el silencio.
Ni una risa, ni una pelea, ni una broma.
El grito fue tan fuerte que te dio escalofríos.
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