"Tú también vienes", dijo con firmeza. "Tenemos que hablar. Muy en serio."
La puerta se cerró. Solo Katya e Ilya permanecieron en la habitación.
Esta no era la "noche de bodas" que esperaban. Era la noche en que dos adultos se sientan al borde de la cama y comprenden que si mienten ahora, todo se derrumbará para siempre.
"Cuéntamelo todo", dijo Katya. "Desde el principio. Sin 'Quería lo mejor'. Quiero la verdad."
Ilya asintió y empezó a hablar: sobre su relación antes de Katya, sobre la mujer que desapareció y reapareció años después, sobre la prueba, sobre la conmoción, sobre el miedo, sobre cómo su madre le había dicho: "A las mujeres no les gustan los hijos ajenos, cállate hasta que te cases".
Katya escuchó y sintió dos emociones en conflicto en su interior: el dolor de haber sido engañada y una extraña y profunda compasión por Ilya, quien había estado atado a las "decisiones de mamá".
"¿Entiendes que esto no es solo un secreto?", preguntó Katya. "Es fundamental. Necesito saber con quién vivo. Que tengas un hijo no es poca cosa".
Ilya bajó la cabeza.
"Lo entiendo. Y yo tengo la culpa".
Katya guardó silencio. Luego dijo en voz baja:
"Ahora escúchame. Si seguimos juntos, tendremos reglas. Primero: nada de decisiones a mis espaldas, ni con mi madre ni con nadie". Segundo: un hijo no es una "prueba" ni una herramienta. Tercero: tu madre ya no te dará órdenes.
Nuestra vida. O pones límites o me voy.
Ilya levantó la vista:
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