Esa noche, Daniel se quedó afuera de la puerta de la guardería, listo para intervenir. Dentro, los gemelos ya estaban inquietos, con llantos agudos e inquietos. Amara no se apresuró a cogerlos como los demás. En cambio, se sentó en el suelo entre sus cunas, cerró los ojos y comenzó a tararear una melodía suave y desconocida.
Al principio, nada cambió. Pero luego el llanto de los gemelos se atenuó… se suavizó… y en cuestión de minutos, el silencio llenó la habitación.
Daniel se inclinó hacia delante, incrédulo. ¿Están… dormidos?
Abrió la puerta silenciosamente. Amara levantó la vista, todavía tarareando. «No los despiertes», susurró. «Por fin han superado el miedo».
Daniel parpadeó. “¿Qué hiciste? Ninguno de los demás pudo calmarlos por más de dos minutos”.
Amara se puso de pie. «Sus hijos no solo lloran por comida o consuelo. Lloran por alguien que realmente los vea. Han estado rodeados de desconocidos. Necesitan conexión, no solo cariño».
A partir de esa noche, los gemelos sólo dormían cuando Amara estaba allí.
Los días se convirtieron en una semana. Daniel se encontró observándola más de lo previsto. Ella nunca usaba juguetes ni aparatos para distraer a los bebés. Simplemente les cantaba, les contaba cuentos y los sostenía con una paciencia que parecía infinita.
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