Cuando Mariana bajó del taxi frente a la mansión de Ricardo Navarro, sintió que el aire era distinto, como si el lugar respirara despacio para no hacer ruido. La reja negra se abrió con un quejido metálico, y el jardín, perfectamente recortado, parecía más una postal que un hogar. Ella apretó el asa de su mochila, se acomodó el cabello y miró hacia las ventanas altas: mucha luz, sí, pero ninguna calidez. Mariana había trabajado en casas grandes antes, pero nunca en una casa llena de silencio.


Al cruzar la puerta principal la recibió un pasillo largo, cuadros enormes, mármol que devolvía el eco de cada paso. Los empleados la miraron apenas y respondieron con un “hola” breve, como si hablar de más fuera una falta. Mariana sonrió igual, por costumbre y por defensa. Entonces apareció Ricardo: alto, impecable, el traje como armadura, la mirada fija en un punto que parecía siempre un poco más lejos que las personas.
—Buenos días —dijo sin ofrecer la mano.
No fue grosero, fue… vacío. Como si la cortesía fuera una cosa que se le hubiera olvidado practicar desde hace tiempo.
Él señaló hacia la escalera, y allí estaban: Emiliano y Sofía, gemelos de ocho años, vestidos igual, como si alguien hubiera querido congelarlos en la misma imagen. Emiliano miraba al suelo, Sofía tenía los brazos cruzados, y los dos tenían esa expresión de quien aprendió que mostrar emoción no cambia nada.
—Ella será su niñera —anunció Ricardo.
Mariana se agachó un poco para quedar a su altura, sonrió suave.
—Hola, soy Mariana. ¿Qué les gustaría cenar hoy?
Sofía pestañeó con lentitud, como si la pregunta fuera en otro idioma.
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