LOS GEMELOS MILLONARIOS NO COMÍAN NADA, HASTA QUE LA NUEVA NIÑERA HIZO ALGO — Y EL PADRE VIUDO SE…

Ricardo, con la voz apagada, le confesó a Mariana en su despacho:

—Lucía dejó una cláusula. Si rehago mi vida con alguien antes de que pasen tres años de su muerte… pierdo la administración legal del patrimonio de los niños. Y la tomaría Adriana.

Mariana sintió que el piso se movía. No era solo amor, era el futuro de los gemelos.

No gritó. No lloró. Solo salió.

Esa noche no cenó con ellos. No leyó cuentos. Se encerró en su cuarto con la idea clavada en la cabeza: “si me quedo, les doy a Adriana una llave; si me voy, les rompo el corazón”.

En los días siguientes, Mariana se volvió distante. Los niños lo notaron. Sofía dejó de pedir cuentos. Emiliano se enojó porque ya no jugaban. Y una noche, Sofía entró al despacho de su padre y dijo, con la claridad cruel de los niños:

—Papá, si Mariana se va, yo también me puedo ir con ella.

Ricardo se quedó helado. Ahí entendió que el obstáculo no era el testamento. Era su miedo.

Mariana, con el corazón apretado, escribió una carta para Sofía. No un drama, no una despedida ruidosa. Una carta honesta. Habló de ternura, de paciencia, de cómo los gemelos le habían enseñado que el amor no tiene que ser perfecto, solo sincero. La dejó donde Sofía pudiera encontrarla.

Y al día siguiente, Mariana se fue sin hacer ruido.

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