LOS GEMELOS MILLONARIOS NO COMÍAN NADA, HASTA QUE LA NUEVA NIÑERA HIZO ALGO — Y EL PADRE VIUDO SE…
Cuando Ricardo lo supo, sintió el vacío como un golpe físico. Buscó en la casa, en el jardín, en la cocina. Nada. Solo la carta y el silencio pesado de los niños, que no lloraban fuerte, pero se desmoronaban por dentro.
—Vamos a buscarla —dijo Ricardo, y por primera vez sonó como un hombre decidido.
Recordó una cafetería de la que Mariana había hablado, un lugar sencillo donde olía a pan recién hecho y sonaban rancheras. Llamó a varios lugares. En uno, una voz confirmó:
—Sí, Mariana está aquí.
Ricardo tomó las llaves. Los niños aparecieron con mochilas, como si supieran que ese viaje era importante.
La cafetería era pequeña. Mesas de madera. Manteles de cuadros. Mariana estaba sirviendo café cuando los vio entrar. Se quedó inmóvil, la jarra temblando en su mano.
Emiliano fue el primero en abrazarla. Sofía lloró en su pecho. Mariana los envolvió con los dos brazos, sin poder hablar, solo respirando entrecortado.
Ricardo se acercó despacio. Le tocó la mano.
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