LOS GEMELOS MILLONARIOS NO COMÍAN NADA, HASTA QUE LA NUEVA NIÑERA HIZO ALGO — Y EL PADRE VIUDO SE…
—No debiste irte.
—Pensé que era lo correcto —susurró ella.
Ricardo sacó una copia del testamento. Había una línea marcada, y aunque eso no cambiaba mágicamente la ley, sí cambiaba su postura ante el mundo.
—Ya no importa lo que diga esto —dijo, mirándola a los ojos—. Prefiero perderlo todo a perderte a ti. Y voy a pelear lo que sea necesario para que Adriana no toque a mis hijos. No con miedo… con hechos.
Mariana cerró los ojos. Por primera vez en semanas, sintió paz. No porque todo estuviera resuelto, sino porque ya no estaba sola cargando la decisión.
Volvieron a la mansión los cuatro juntos. Y algo se acomodó sin necesidad de discursos: Sofía volvió a reír, Emiliano volvió a hablar más, Chayo los miró desde la cocina con una expresión extraña, como si su propia dureza se hubiera cansado. Ricardo empezó a estar presente, de verdad, no como sombra.
Unas semanas después, una tarde tranquila, Ricardo los reunió en la sala. Había flores amarillas —las favoritas de Sofía— y un sobre grande. Mariana sintió el corazón golpeando como tambor.
Ricardo le entregó el ramo, y los niños abrieron el sobre con ojos enormes. Había un anillo. Emiliano lo sostuvo como si fuera un tesoro.
—¿Caramelo nuevo? —bromeó, y Sofía soltó una risa que iluminó el cuarto.
Ricardo se arrodilló sin dramatizar, como quien ya no quiere actuar, solo decir la verdad.
—Mariana, ¿quieres casarte conmigo?
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