LOS GEMELOS MILLONARIOS NO COMÍAN NADA, HASTA QUE LA NUEVA NIÑERA HIZO ALGO — Y EL PADRE VIUDO SE…
—Nada —dijo.
Emiliano repitió lo mismo, sin levantar la mirada.
Mariana sintió un pinchazo en el pecho. Había escuchado historias de niños tristes, de duelos complicados, de berrinches silenciosos. Pero esto no era capricho. Esto era otra cosa: un hambre que no estaba en el estómago.
Ricardo la observó un segundo, como midiendo si ella se iba a quebrar ahí mismo. Luego solo asintió y la condujo por la casa con el mismo tono de quien enseña un museo. El comedor era una mesa interminable con cubiertos de plata que brillaban demasiado para una mesa sin comida. La sala tenía sillones perfectos, pero sin marca de uso. En el jardín, juguetes viejos y una fuente seca. Había vida detenida en cada rincón, como si alguien hubiera dicho “pausa” y nadie se atreviera a tocar el botón de “play”.
En repisas y paredes, fotos: Ricardo abrazando a una mujer de sonrisa luminosa. Lucía. Mariana lo entendió sin que nadie se lo dijera. Los gemelos se parecían a ella, especialmente Sofía, con esos ojos grandes que podían llorar sin soltar una lágrima.
—Empiezas mañana a las ocho —dijo Ricardo al final del recorrido, ya listo para escapar hacia su despacho—. No los obligues a comer. No están obligados a nada.
Y se fue.
Mariana se quedó sola con los niños por primera vez, el silencio cayendo como una manta pesada. Probó con suavidad:
—¿Cómo se sienten hoy?
La casa respondió con el eco de su propia voz.
Más tarde, en la cocina, conoció a Chayo, la cocinera. Una mujer de sesenta años, manos rápidas, rostro serio, mirada que parecía haber visto demasiadas despedidas.
—¿Para qué te arreglas tanto? —soltó Chayo, sin levantar mucho la vista—. Aquí los niños ni te pelan y el señor menos.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
