LOS GEMELOS MILLONARIOS NO COMÍAN NADA, HASTA QUE LA NUEVA NIÑERA HIZO ALGO — Y EL PADRE VIUDO SE…

—Es un sol —dijo Sofía al fin, casi como si lo dijera por compromiso.

Mariana sonrió, y su sonrisa no fue de victoria, sino de alivio.

Subió a dormir con una certeza en el pecho: si podía hacer que movieran un gajo de manzana, podía hacer que movieran el hielo del alma. Pero también sintió algo inquietante, como una puerta cerrada en algún pasillo que tarde o temprano se abriría.

Al día siguiente, Mariana decidió romper una regla sin anunciarlo: no bajó con uniforme ni con cara de maestra estricta. Bajó como una persona. Jeans cómodos, blusa clara, cabello recogido. Preparó leche con canela, pan tostado, fruta. Subió al cuarto de los gemelos y los encontró mirando la televisión sin volumen, como si el mundo pudiera existir sin sonido.

—Hoy no hay reglas —dijo—. Vamos a hacer algo distinto.

Los llevó directo a la cocina. Chayo casi se atraganta con su propio orgullo.

—¡Aquí no pueden estar!

—Hoy sí —respondió Mariana, tranquila—. Y si al señor no le gusta, que me corra.

Puso harina, huevos, leche y azúcar en la mesa como si fueran juguetes. Les dio un bowl a cada uno.

—Ustedes son los chefs. Yo solo ayudo.

Sofía metió los dedos en la harina primero, con cautela, como tocando nieve. Emiliano rompió un huevo tan fuerte que se salpicó la cara. Mariana no se rió. Le ofreció una toallita.

—Eso pasa cuando uno se apura. No pasa nada.

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