Ricardo respiró hondo. Su rostro no se suavizó del todo, pero algo se quebró por dentro, algo que llevaba demasiado tiempo rígido.
—No lo hagan costumbre —murmuró, y se fue.
Pero esa misma tarde pasó por la cocina dos veces “buscando papeles”. Mariana lo notó. Era un hombre aprendiendo a mirar otra vez.
Los días empezaron a cambiar sin anuncio. El jardín dejó de ser un decorado. Mariana encontró una pelota desinflada, inventó juegos simples, dejó que los gemelos ganaran, y la risa, primero bajita, empezó a colarse como una gotera en un techo viejo. Abrió un cuarto de juegos cerrado desde hacía años, sacudió el polvo, abrió ventanas, dejó entrar la luz.
—Este cuarto es suyo —les dijo—. Aquí pueden hacer lo que quieran.
Sofía abrazó una muñeca vieja. Emiliano tomó un libro. No hablaron mucho, pero sus cuerpos dejaron de tensarse todo el tiempo. Y por la noche, cuando Mariana les leía cuentos, ya no le pedían que se fuera rápido. Se quedaban, como si la presencia de alguien pudiera llenar un hueco que nadie había querido nombrar.
Una noche, al salir del cuarto, Mariana encontró a Ricardo en el pasillo. Tenía las manos en los bolsillos y la cara tensa.
—¿Qué les hiciste? —preguntó, con una voz que no era acusación, era miedo.
—Nada —respondió ella—. Solo estuve con ellos.
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