Ricardo bajó la mirada, como avergonzado de lo simple que sonaba la solución.
—Hace mucho que no los veía… así.
Mariana quiso decirle “no es tarde”, pero no lo hizo. A veces las palabras chocan contra paredes que aún están frescas.
El primer golpe real no llegó de los niños, ni de Ricardo. Llegó en tacones.
Adriana, hermana de Lucía, apareció un lunes temprano como si el reloj de esa casa le perteneciera. Delgada, impecable, sonrisa fría, ojos que miraban como si catalogaran.
—Y esta escena tan feliz… —dijo, deteniéndose en la cocina.
Los gemelos se pusieron tiesos. Sofía soltó la mano de Mariana. Emiliano dejó de sonreír. Chayo, desde la puerta, murmuró casi sin mover los labios:
—Llegó la tormenta.
Adriana besó a los niños en la frente, pero ellos no reaccionaron. Luego miró a Mariana de pies a cabeza.
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