LOS GEMELOS MILLONARIOS NO COMÍAN NADA, HASTA QUE LA NUEVA NIÑERA HIZO ALGO — Y EL PADRE VIUDO SE…
—Así que tú eres la nueva niñera.
—Mariana —se presentó ella, con educación firme.
Adriana no le devolvió el saludo. Se llevó a Ricardo al despacho. Y desde ese día, el aire cambió. Adriana se paseaba por la casa, opinaba de todo, corregía a los niños por cosas mínimas, criticaba sin levantar la voz, como quien clava alfileres con guantes.
—Niños ricos jugando a ser pobres —se burló cuando supo que cocinaban.
Mariana apretó los dientes y respiró. No iba a morder el anzuelo. Pero vio algo claro: Adriana no solo quería “orden”. Quería control. Y no le gustaba que alguien más estuviera logrando lo que ella no podía: que los niños vivieran sin miedo.
Como si el destino insistiera, Mariana encontró un día una puerta diferente en el segundo piso. Un estudio. Olía a tiempo detenido. Fotos, dibujos infantiles, un suéter colgado como si alguien fuera a volver. Y sobre el escritorio, una libreta con letras redondas: recetas, notas de los niños, detalles que solo una madre guarda.
“Emiliano odia el huevo, pero le encanta el pan con canela. Sofía prefiere estar callada, pero dibuja todo lo que siente.”
Mariana se quedó leyendo esa frase una y otra vez. Sintió a Lucía allí, no como fantasma, sino como voz en papel.
Entonces la puerta se abrió de golpe. Ricardo estaba ahí, duro, con dolor antiguo.
—¿Qué haces aquí?
—Estaba limpiando… la puerta no tenía llave…
Ricardo levantó la mano, no para pegar, sino para poner límite.
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