LOS GEMELOS MILLONARIOS NO COMÍAN NADA, HASTA QUE LA NUEVA NIÑERA HIZO ALGO — Y EL PADRE VIUDO SE…

—Este cuarto no se toca. Nunca.

Mariana salió con la cara ardiendo. En la cocina, Chayo la miró como quien ya sabía.

—Entraste al estudio, ¿verdad?

Mariana asintió.

—Ahí nadie entra desde que se murió Lucía. Ni él.

Esa noche, Mariana les cantó a los gemelos la canción de los elefantes que se balanceaban. Ellos la siguieron bajito. Y mientras cantaban, Mariana entendió algo: esa casa no estaba enferma solo por la tristeza. Estaba enferma por los secretos.

La confirmación llegó dentro de una caja escondida: el diario de Lucía. Mariana lo leyó temblando, no por morbo, sino porque había frases que se sentían como un pedido de ayuda.

“A veces siento que Ricardo está aquí, pero no está.”
“Adriana vino de nuevo. Dice que no quiere separarnos, pero su mirada me atraviesa.”
“Si algo me pasa, espero que alguien entienda lo que yo no pude decir en voz alta.”

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