Ustedes lo conocían mejor que nadie. Emiliano empezó a correr. Sofía se quedó quieta unos segundos y luego lo siguió. Mariana los miró jugar. No había gritos fuertes, pero sí risas. Risas reales. El columpio crujía, pero aguantaba. Emiliano subió primero. Sofía empujaba desde atrás. Mariana buscó un banco viejo y se sentó ahí. Sacó los jugos y los puso sobre una manta.
Se sentía como un día de campo dentro de una casa gigante. Los niños descubrieron una caja enterrada, la sacaron con las manos. Estaba llena de juguetes mojados por el tiempo, pero entre ellos había fotos, piedras pintadas, tarjetas con dibujos. Sofía encontró una donde decía club secreto de Sofía y Emy. Mariana sintió un nudo en el pecho.
¿Podemos reconstruir la casita?, preguntó Emiliano. “Claro que sí”, respondió Mariana sin pensarlo. Pasaron horas entre ramas, piedras, hojas secas y gritos bajitos de emoción. Sofía encontró una muñeca rota y la sentó en una esquina de la casita. Emiliano puso una piedra grande como si fuera un asiento.
Mariana arregló el techo con una lona vieja que traía en la mochila. No quedó perfecta, pero ya no se mojaban si llovía. En medio de todo escucharon pasos, pasos firmes. Ricardo se detuvo en seco al ver la reja abierta. Caminó rápido con la cara seria. Mariana lo vio venir, pero no se movió. Los niños tampoco. Ricardo miró todo en silencio.
El columpio, la casita, los restos del picnic. Luego habló bajito. ¿Quién les dio permiso de entrar aquí? Emiliano lo miró con miedo. Sofía bajó la cabeza. Mariana se levantó. Yo los traje. Este lugar les pertenece y necesitaban volver. Ricardo apretó los labios, se giró y miró hacia el árbol grande. Ahí había una tabla con los nombres de los niños tallados.
Lucía hizo este lugar para ellos. Dijo casi sin voz. Era su rincón secreto. Mariana no sabía si hablar o quedarse callada. ¿Y por qué lo cerraste?, preguntó ella al fin. Ricardo tardó en responder porque me dolía, porque no podía verlo sin pensar en ella. Mariana lo miró directo y ellos tampoco podían olvidarla si se les prohibía recordarla.
Ricardo se quedó quieto, luego se acercó al árbol, pasó la mano por la tabla y se sentó en el suelo. Emiliano se le acercó. Papá, ¿podemos venir aquí todos los días? Ricardo no respondió de inmediato, luego lo miró. Sí, pero solo si cuidan el lugar. Sofía se acercó a él y le puso la tarjeta del club secreto en las piernas.
Ricardo la miró, sonrió apenas y la guardó en su saco. Esa tarde nadie mencionó la palabra prohibido, nadie cerró la reja. Nadie fingió que no había pasado nada porque ese lugar lleno de polvo y ramas había traído algo que hacía mucho no se sentía. Libertad. Ese día Mariana decidió que no iba a cocinar sola, no porque estuviera cansada, sino porque ya sentía que ese cocinar con los niños no era una actividad, sino un punto de conexión. Lo que empezaba en 19, la cocina se quedaba con ellos el resto del
día. Y ese día tenía una idea distinta. Por la mañana fue al mercado, no pidió permiso. Le dijo a Chayo que se llevaría a los niños y punto. Ricardo no estaba. Adriana tampoco. Chayo bufó, pero no la detuvo. Mariana caminó con los gemelos por los pasillos del mercado de San Ángel. Les dejó tocar, oler, probar cosas.
Compraron elotes, pan dulce, fresas frescas, queso Oaxaca y carne para enchiladas. Emiliano eligió las tortillas. Sofía encontró un ramito de flores que quiso llevar para poner bonito el comedor. Cuando regresaron, Mariana los dejó ayudar en todo. Sofía lavó las fresas con tanto cuidado como si fueran joyas.
Emiliano rayó queso y terminó con los dedos pegajosos. Mariana cocinaba y cantaba. una cumbia vieja que su mamá ponía en casa. Los niños no sabían la letra, pero se reían al escucharla. A eso de las 7, Mariana puso la mesa, pero no en la cocina como siempre. Esta vez fue en el comedor grande, ese que nadie usaba. Quitó los manteles viejos, puso los individuales que los niños habían decorado con plumones y servilletas de colores.
En medio el ramito de flores que trajo Sofía. Luz baja, olor a comida caliente. Ricardo apareció justo cuando ella encendía la última vela. Se detuvo al ver todo eso. Mariana lo miró. ¿Te quedas a cenar? Él frunció el seño como si la pregunta fuera rara. Aquí. Sí, con nosotros. Ricardo dudó.
Luego vio a Emiliano salir con la jarra de agua, a Sofía acomodando los tenedores y asintió. Se sentaron los cuatro. Mariana sirvió las enchiladas y les explicó lo que habían hecho. Todo esto lo eligieron ellos. Bueno, excepto la cumbia. Sofía rió. Ricardo probó el primer bocado y se quedó callado. Mariana pensó que no le había gustado, pero él tragó despacio y dijo, “Está muy bueno.
” Emiliano abrió los ojos. En serio. “Sí.” “Muy bueno.” Sofía le puso más queso a su enchilada. La cena siguió sin tenciones. Ricardo preguntó cosas simples. ¿Cómo había sido el mercado que habían comprado si regatearon? Mariana notó que no hablaba como jefe, hablaba como papá, como hombre normal.
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