LOS GEMELOS MILLONARIOS NO COMÍAN NADA, HASTA QUE LA NUEVA NIÑERA HIZO ALGO — Y EL PADRE VIUDO SE…

No compruebas, pero con el instinto de alguien que ya no se tragaba las apariencias. En esa casa había muchas mentiras guardadas detrás de fotos familiares y no todas venían de afuera. Algunas vivían dentro desde hace mucho. Esa noche la casa estaba en silencio, pero un silencio distinto. No era tenso ni triste. Era como si todo estuviera pausado.
Los niños se habían dormido rápido después de una tarde larga jugando con una caja de cartón que Sofía había convertido en castillo. Emiliano se hizo una espada con una cuchara. Mariana les puso música de fondo mientras jugaban y no los apuró para bañarse ni para cenar. Se quedaron dormidos en el sillón viendo una película de dragones. Ricardo los cargó hasta su cuarto, no dijo nada, solo los acostó, los tapó y bajó con Mariana a la cocina. Ella limpiaba los restos de Midon Cent la cena.
Había un par de platos sucios, una olla con arroz pegado y un vaso con medio jugo. Ricardo agarró una toalla y empezó a secar sin que ella se lo pidiera. Mariana se lo quedó viendo como quien ve algo raro, pero no dijo nada. ¿Estás bien?, preguntó él sin mirarla. Sí, solo tengo la cabeza llena, respondió mientras enjuagaba una cuchara. Por lo del diario. Mariana se detuvo.
¿Tú sabías que Lucía tenía uno? Ricardo asintió muy leve. Una vez la vi escribir, pero nunca supe qué tanto ponía ahí. Nunca le pregunté. Mariana apagó el grifo. El agua dejó de sonar. Solo se escuchaba el reloj colgado en la pared. Tic, tic, tic. Ella tenía muchas dudas, Ricardo, mucha tristeza que no se notaba a simple vista. Y no confió en todos.
Ricardo dejó la toalla, se apoyó en la barra, bajó la cabeza. No estaba molesto, solo se veía agotado. Yo no fui el mejor esposo dijo sin levantar la voz. A veces me encerraba en el trabajo, a veces no veía lo que tenía frente a mí y ahora me da miedo repetirlo. Mariana se acercó un poco. No sabía si hablar o no, pero algo en ella la empujó.
No estás repitiéndolo, estás tratando. Estás aquí. Ricardo la miró. Ella lo miró también. No había música, ni palabras bonitas, ni luces especiales. Solo ese momento raro donde dos personas se quedan más tiempo del que deberían viéndose. Él dio un paso. Ella no se movió. La cocina se hizo más chiquita, más íntima.
Ricardo levantó la mano y le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. Mariana tragó saliva. El corazón le latía tan fuerte que pensó que se escuchaba. “¿Puedo?”, dijo él sin terminar la frase. Mariana asintió y pasó. Un beso nada de película, nada exagerado, solo sus labios tocándolos de ella. cálido, verdadero, de esos que no buscan impresionar, solo conectar. Cuando se separaron, Mariana bajó la mirada.
Ricardo también. Los dos sonrieron apenas. No sé qué fue eso dijo Mariana. Yo tampoco, respondió Ricardo. Se quedaron ahí un rato más sin hablar. Luego ella volvió al lavabo, lavó el último plato. Él agarró su saco y se despidió con un gesto. Descansa, Mariana, tú también. Esa noche Mariana se sentó en la orilla de su cama sin saber qué pensar. No era amor todavía.
No era una historia de telenovela, pero había algo, algo real, algo que ya no se podía ignorar. Un beso no cambia todo, pero dice mucho y ese dijo justo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta. Adriana no se dio por vencida. Esa mañana entró a la cocina sin permiso, con una bandeja de galletas caras.
Se sentó en la mesa del comedor, sacudió la servilleta y las puso frente a Chayo y Mariana. Un detalle para todos, dijo con esa voz fría que tiene. Mariana la miró, pero no dijo nada. Chayo puso los ojos en blanco en silencio. Adriana se levantó y fue directo al despacho de Ricardo. Mariana y Chayo la vieron pasar. La tensión era evidente. Pasaron un minuto, dos.
Luego Adriana salió con un sobre en la mano y se lo entregó a Chayo. Porfa, dáselo al patrón cuando esté solo. Chayo lo guardó sin mirar. Media hora después, Ricardo apareció y encontró el sobre su escritorio. Lo abrió y sacó unas fotos impresas. Eran de Mariana, una con los niños en el mercado, otra en la cocina, una más donde él y ella caminaban cerca del jardín. fotos que alguien había tomado con cuidado. Ricardo frunció el ceño.

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