Afuera, mientras el sol baja, las sombras crecen por la mansión. Y Mariana se pregunta si esos hilos de silencio podrán romperse con ella. Se queda un instante viendo una galleta que alguien dejó sin terminar en la encimera. Se la lleva a la boca y la prueba, insípida, pero hay una chispa de complicidad en el simple gesto. Cierra los ojos.
Esto apenas comienza.
Mariana se cambió de ropa rápido. Nada de uniforme, nada de parecer enfermera ni maestra estricta. Eligió unos jeans cómodos y una blusa clara. Se recogió el cabello y bajó a la cocina. Ahí conoció a Chayo, la cocinera, una señora de unos 60 años, seria, con voz grave.
Mariana se presentó con una sonrisa, pero Chayo apenas levantó la vista de los vegetales que estaba picando.
—¿Para qué te arreglas tanto? Aquí los niños ni te pelan y el señor menos —soltó sin filtro.
Mariana solo rió bajito. No le gustó el tono, pero decidió no engancharse. Mientras Chayo terminaba la comida, Mariana preguntó cómo les gustaba la comida a los niños.
—Les gustaba el arroz con plátano, pero eso era cuando Lucía estaba viva —dijo Chayo sin detenerse.
Mariana notó ese “les gustaba” como si ya no les gustara nada.
—¿Y qué comieron ayer? —preguntó.
—Nada.
Mariana se quedó callada. Chayo no parecía preocupada.
—Así son. No comen. Desde que se murió su mamá, nadie los ha hecho comer. Ya pasaron cinco niñeras. Todas se fueron.
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