“No te encariñes, aquí nada cambia.”
Mariana solo la miró.
“Ya veremos”, respondió sin levantar la voz. Y subió despacio las escaleras, sabiendo que lo que venía sería más difícil de lo que imaginaba.
La mañana empezó con el sonido suave de los pájaros afuera, pero en la mansión no se escuchaba nada, ni una voz, ni una risa, ni una queja.
Mariana se despertó temprano y bajó directo a la cocina. Chayo ya estaba ahí, moliendo café y cortando frutas con la misma cara de pocos amigos. Mariana le dijo:
“Buenos días.”
Pero Chayo solo levantó la ceja.
Mariana no se dejó intimidar, preparó leche caliente con un poco de canela, pan tostado y puso todo en una bandeja.
Subió a las habitaciones con paso firme, tocó la puerta del cuarto de los gemelos, esperó un segundo y luego entró. Ellos ya estaban despiertos, sentados en la cama, mirando la tele sin volumen. Mariana dejó la bandeja en una mesa baja. “Hoy no hay reglas”, les dijo. Los dos giraron a verla. “Vamos a hacer algo diferente.
” Nadie respondió, pero tampoco la ignoraron. Mariana les hizo una seña con la mano para que la siguieran. Bajaron en silencio, pasaron de largo el comedor enorme y entraron directo a la cocina. Chayo los vio y soltó una risa seca. Aquí no pueden estar. Mariana la miró tranquila. Hoy sí pueden.
Chayo la miró con los ojos bien abiertos. Eso va contra las reglas del señor. Mariana respiró profundo. Entonces que me corra. Y siguió su camino con los niños detrás. La cocina era amplia, llena de luz y con una isla grande en el centro. Mariana sacó harina, huevos, leche y azúcar. Todo lo puso sobre la mesa como si fuera un juego. Emiliano se acercó sin tocar nada. Sofía la miraba con curiosidad.
Mariana les dio un bowl a cada uno. Vamos a hacer hotcakes, pero ustedes son los chefs. Yo solo ayudo. Ellos se miraron entre sí, como preguntándose si de verdad podían hacerlo. Sofía fue la primera en meter las manos en la harina. Emiliano se animó a romper un huevo, aunque lo hizo tan fuerte que se salpicó la cara. Mariana no se rió, solo le ofreció una toallita.
Eso pasa cuando uno se apura. No pasa nada. Poco a poco se soltaron, rieron bajito, mezclaron, probaron. La cocina empezó a llenarse de un olor rico, diferente. Chayo los veía desde la estufa cruzada de brazos. No decía nada, pero no se fue. Cuando terminaron de cocinar, Mariana puso los hotcakes en platos pequeños y los llevó a la mesa de la cocina, no al comedor.
Ella se sentó con ellos, les dio miel, rodajas de plátano, un poquito de crema batida. Sofía puso cara de duda. Emiliano giró el tenedor en la mano. Mariana no los miraba directo, solo comía el suyo. Tranquila, como si todo fuera normal. Sofía fue la primera. Tomó un pedacito chiquito. Mariana fingió no notarlo. Luego Emiliano también lo hizo. No dijeron nada, pero masticaron.
Mariana casi suelta el llanto ahí mismo, pero se aguantó. Solo dijo, “Les quedó muy buenos.” Ellos no respondieron, pero se terminaron la mitad. En eso entró Ricardo. Se detuvo en seco al ver la escena. Los tres sentados en la cocina, platos sucios, harina en la mesa, niños comiendo. Mariana lo miró sin moverse.
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