“Buenos días”, dijo él. Sofía bajó el tenedor. Emiliano se quedó quieto. Ricardo se acercó serio. “¿Qué hacen aquí?” Mariana se levantó. Estamos desayunando. Los niños cocinaron. Fue idea mía. Ricardo miró a los niños. Ellos no hablaron. ¿Cocinaron ustedes? Preguntó Emiliano. Asintió. Sofía bajó la mirada. ¿Comieron? Esta vez no dijeron nada. Solo Mariana respondió.
Sí, por primera vez. Ricardo respiró hondo, miró la mesa y luego a Mariana. Eso no estaba en el plan. ¿Y qué si estaba en el plan? Preguntó ella sin levantar la voz. Chayo intervino desde su rincón. Se metieron donde no deben. Esto no es una fonda. Ricardo la miró. Está bien, Chayo. Solo déjanos un momento. La mujer frunció los labios y salió.
Mariana no sabía si la iban a correr ahí mismo. Ricardo se quedó viendo los platos. Luego a los niños. ¿Les gustó?, preguntó. Sofía hizo un gesto apenas visible. Emiliano dijo bajito. Sí. Ricardo no supo qué hacer con esa respuesta. Mariana tampoco. Él se acomodó el saco. Está bien, pero no lo hagan costumbre. Se fue sin decir más.
Cuando la puerta se cerró, Mariana se sentó otra vez. Sofía le dio su tenedor. ¿Podemos cocinar otra vez? Mariana asintió. Cuando quieran. La cocina volvió a llenarse de ruido. Platos, risas suaves, cucharas chocando. No era una comida formal, era otra cosa, algo más vivo, algo más de verdad. La regla de oro era simple, nada de forzar, solo dejar que ellos decidieran. Por primera vez funcionó.
La rutina en la casa ya no era la misma, aunque nadie lo dijera en voz alta. Mariana lo notaba desde que bajaba por las escaleras. Los pasillos ya no se sentían tan fríos y los niños no se encerraban en su cuarto todo el día. Ahora salían, aunque fuera solo para ver que estaba cocinando o para preguntarle algo tonto, como si los hotcakes se podían hacer con forma de dinosaurio.
Esa mañana Sofía apareció en la cocina con el cabello despeinado y un peluche en la mano. Mariana estaba lavando los trastes. La niña no dijo nada, solo se sentó en la barra y la miró. Mariana le dio un plátano así, sin decirle nada. Sofía lo tomó y le quitó la cáscara con cuidado. Mariana casi no lo podía creer. No era mucho, pero era algo. Emiliano llegó 2 minutos después.
Hoy vamos a cocinar. Ariana se secó las manos y se giró. Si quieren. Él asintió y se sentó junto a su hermana. Los dos callados, pero ahí estaban juntos presentes. Ricardo los vio desde el marco de la puerta sin entrar. Solo los observó por unos segundos antes de seguir su camino, pero Mariana lo notó.
Él pasaba más seguido por donde estaban los niños, siempre con pretextos, que se le olvidó algo, que buscaba un papel, pero Mariana sabía que no era eso. Él estaba mirando. No sabía qué pensar de eso aún, pero lo dejaba hacer. Ese mismo día, Mariana los llevó al jardín trasero. Era la primera. ¿Vez? Abrió la puerta con una llave que encontró en una de las gavetas de la cocina.
Era un jardín grande con árboles altos y una fuente seca. Había juguetes viejos en una esquina, algunos oxidados, pero el pasto estaba verde. Los niños dudaron en salir. Sofía se quedó en la puerta. Emiliano la miró como pidiendo permiso. Mariana caminó sin voltear, como si fuera lo más normal. Cuando llegó al centro del jardín, los escuchó venir corriendo atrás de ella.
Jugaron con una pelota desinflada que encontraron entre unos arbustos. Mariana les enseñó un juego de su infancia, aventar la pelota al aire y atraparla sin dejarla caer. Sofía se reía cada vez que fallaba. Emiliano la imitaba. Mariana dejó que ganaran. Hacía tanto que no reían, que sentía que el aire del lugar había cambiado.
En la tarde, Mariana los llevó al cuarto de juegos, uno que estaba cerrado desde hacía tiempo. Ricardo lo había mandado a cerrar porque, según él, les traía recuerdos dolorosos. Pero Mariana encontró la llave en una caja de herramientas. Entraron despacio. El polvo cubría casi todo. Había muñecos, libros, una casa de madera en miniatura. Una alfombra con caminos pintados.
Los niños no dijeron nada, solo miraban todo con una mezcla de sorpresa y tristeza. Mariana sacudió la alfombra con fuerza, abrió las ventanas y dejó que entrara la luz. Este cuarto es suyo. Aquí pueden hacer lo que quieran. Emiliano se acercó a una estantería y tomó un libro. Sofía se sentó en una esquina y abrazó una muñeca vieja.
No hablaban, pero sus cuerpos decían más que mil palabras. A la hora de la cena, Mariana los dejó escoger el menú. “Hoy es su día,”, les dijo. Sofía pidió quesadillas y Emiliano quería arroz con plátano. Mariana se puso manos a la obra. Chayo miraba desde lejos con los brazos cruzados. “Nunca había visto a esos niños pedir comida”, murmuró. Mariana le sonrió. Yo tampoco.
Cuando se sentaron a comer, los platos no quedaron vacíos, pero al menos la comida ya no se quedaba intacta. Era como si de a poquito el hielo se empezara a derretir. Esa noche Mariana se quedó un rato más después de acostarlos, les leyó un cuento mientras ellos se acomodaban bajo las sábanas.
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