LOS GEMELOS MILLONARIOS NO COMÍAN NADA, HASTA QUE LA NUEVA NIÑERA HIZO ALGO — Y EL PADRE VIUDO SE…

Mariana los tapó, les dio un beso en la frente y salió del cuarto sin quejarse del cansancio. Afuera el cielo se había despejado. Había luna. El tipo de noche que se siente diferente, aunque no pase nada, aunque todo siga igual. Pero algo se movió por dentro y eso ya era suficiente para decir que esa fue una tarde distinta. La casa tenía lugares a los que nadie entraba. Mariana ya se lo había notado.
Había puertas cerradas con llave, cortinas que nunca se corrían y habitaciones que ni los niños mencionaban. Un día en la tarde, mientras los gemelos dormían una siesta larga después de correr por el jardín, Mariana aprovechó para limpiar un poco por su cuenta. Subió al segundo piso y empezó a revisar un pasillo que nunca había recorrido completo.
Ahí encontró una puerta distinta a las demás. Era de madera más oscura con una cerradura antigua y un letrero pequeño casi invisible. Decía, estudio. La puerta no tenía llave puesta. Solo estaba cerrada por dentro. Mariana empujó con cuidado, abrió despacito. Adentro olía a algo guardado por años. No ha podrido, pero sí a tiempo detenido.
Era un cuarto mediano con un escritorio lleno de papeles, una silla giratoria, fotos enmarcadas y un perchero con un suéter colgado. Todo estaba en su sitio como si alguien todavía lo usara. En las paredes había dibujos hechos por niños, algunos firmados con crayón. Para mamá, con amor. Mariana sintió un hueco en el estómago.
Ahí estaba Lucía, no en cuerpo, pero en cada cosa. Había fotos de ella con los gemelos de bebés en la playa, en el jardín de la casa. Lucía sonreía en todas, se veía viva, se veía feliz. Mariana no pudo evitar acercarse. Tocó un portarretratos con cuidado, como si al moverlo pudiera alterar algo importante. Sobre el escritorio había una libreta de notas.
No era un diario, pero tenía cosas escritas a mano. Recetas, listas de cosas por hacer, anotaciones sobre los niños. Mariana pasó las hojas con cuidado. Una decía, “Emiliano odia el huevo, pero le encanta el pan con canela. Sofía prefiere estar callada, pero dibuja todo lo que siente. Mariana se quedó leyendo eso una y otra vez.
Era como si Lucía aún estuviera ahí, guiándola desde milonicientos de lejos. No sabía cuánto tiempo llevaba en el cuarto cuando escuchó pasos en el pasillo. Cerró la libreta rápido y dio un paso hacia atrás. La puerta se abrió de golpe. Era Ricardo. Tenía los ojos duros. la boca apretada. “¿Qué haces aquí?”, dijo sin gritar, pero con una voz que dolía. Mariana tragó saliva. Estaba limpiando.
La puerta no tenía llave, solo quería. Ricardo levantó la mano. “Este cuarto no se toca.” Mariana quiso explicarle, pero él ya había entrado. Se acercó al escritorio, tomó la libreta y la guardó en un cajón. Luego cerró con llave. Aquí no se entra. Punto.
Mariana no dijo nada, solo salió del cuarto con la cara caliente, bajó rápido las escaleras y se metió en la cocina. Chayo estaba ahí picando cebolla. ¿Qué hiciste ahora? Preguntó con tono entre burla y molestia. Mariana no respondió. Solo se sirvió un vaso de agua. Chayo la miró de reojo. Entraste al estudio, ¿verdad? Mariana asintió sin hablar. Chayo soltó un suspiro.
Ahí nadie entra desde que se murió Lucía, ni él mismo se atreve a tocar nada, pero parece que tú le estás sacando todo lo que tenía guardado. Mariana no sabía si eso era un reproche o una observación. Dejó el vaso sobre la mesa y se sentó. Su cabeza daba vueltas. Lucía no estaba viva, pero se sentía presente en cada rincón, y esa presencia no dejaba espacio para nadie más.
Ricardo seguía atado a ella, eso era claro, pero también era claro que los niños estaban empezando a soltarse y él él parecía no saber qué hacer con ese cambio. Esa noche Mariana se acercó a los gemelos mientras armaban un rompecabezas. Les preguntó por su mamá. Sofía bajó la mirada. Emiliano dijo. Ella cantaba mientras cocinaba. Mariana sonrió.
¿Qué cantaba? Una canción vieja, la de los elefantes que se balanceaban. Mariana empezó a cantarla bajito. Sofía la miró. ¿Tú la conocías? Mariana negó con la cabeza. “Pero me la puedo aprender.” Cantaron un ratito. Luego los llevó a dormir, les dio un beso en la frente y cuando salió del cuarto se quedó un momento afuera. El pasillo estaba oscuro.
Al fondo se veía la puerta del estudio cerrada. Mariana sabía que no debía volver a entrar, pero también sabía que ese cuarto no solo estaba lleno de recuerdos, estaba lleno de secretos. Y tarde o temprano esos secretos iban a salir porque Lucía ya no estaba, pero su sombra todavía mandaba. Esa mañana Mariana bajó con los niños después de desayunar.
Iban contentos, riéndose por algo que Emiliano dijo sobre un gato que había soñado. Mariana los llevaba de la mano, uno a cada lado. La cocina olía a pan recién hecho y Chayo estaba de mejor humor que otros días. Incluso había dejado la radio prendida bajito. Todo parecía ir bien hasta que una voz conocida, fuerte y con tono de orden se escuchó desde el pasillo.
“Y esta escena tan feliz”, dijo una mujer delgada de cabello castaño, muy arreglada para ser tan temprano. Traía tacones, bolso de marca y unas gafas que se quitó con elegancia. Mariana no la conocía, pero por cómo los niños se pusieron tiesos, supo que era alguien importante. Ricardo apareció justo detrás de ella.

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